—Un día.
—¿Usted se fue, o él?
—Yo.
—¿Se fue usted a Zurich?... ¿Se escribieron?... ¿Y cuándo se volvieron a ver?
—Un año después, en Lugano.
—¿Estaba solo?
—Sí.
—¿No sabe usted por qué? ¿Comprendió usted que ya no amaba a la Condesa?
—No me ocupé de esas cosas.
—¿Por qué fue usted a Lugano? ¿Qué hacía él allí?