La otra bota al suelo. Y la cama volvió a crujir inmediatamente, en gemidos amorosos del sommié al recibir el cuerpo. Mas ¿era entonces que se acostaba con medias?
Nada... al poco. Ella que fantasearía supiese Venus qué cielos de juventud, y yo en mi solitario cuarto, con El Imparcial sobre la colcha, con los ojos fijos en aquel techo blanco que no tenía un escotillón por donde yo... ¡bah, qué idiotas hosteleros y qué techos tan estúpidos!
Me quedaba la imaginación proponiéndome problemas. Recorría el desorden delicioso del cuarto aquel de mi extranjera vecina con el vestido en la butaca, con el corsé a medio colgar del niquelado clavo de la percha, dejando caer sus broches de las ligas sobre el blanquísimo pantalón orlado de encajes; con aquel aire oliente a perfumes de tocador y de chiquilla bonita, con aquella cama en que ella al fin dormiría derramando por la almohada su caballera de oro británico, y abandonando sobre la cubierta cielo sus desnudos brazos delgados y flexibles...
¡Dios! ¡Gran Dios! ¡El oro británico! ¡El oro famoso inglés que yo no conocía ni en libras esterlinas, ni en amorosos rincones!... Porque hay tremendos detalles en que la imaginación se pierde: por ejemplo, la mía, sobre las laxas y lisas y doradas cabelleras inglesas, no podía concebir los rizados breves... ¡sí, sí, lo que fuera horrible en una corta laxitud!... ¡Horrible!, ¡horrible!
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La imaginación es una solemnísima embustera y una infeliz inocente.
Aquella vez tan sólo no me había engañado en que la niña era preciosa y delgada y adorable. Pero ni el tocador estaba a la izquierda de la puerta, ni ella dormía nunca con los brazos fuera del embozo, ni se sentaba en la cama para descalzarse jamás, ni sus medias eran azul Luzbel... sino negras, caladas.
¡Ah! y además no debe uno aventurar temerarias deducciones sobre la laxa y lisa cabellera de las dulces inglesitas.