PARAÍSO PERDIDO
RECUERDOS DE MINDANAO

—Esto es un paraíso—me dijeron cuando llegué al campamento; y para certificar la comparación, no tuvieron mis ojos más que tenderse en derredor.

Una vivienda de nipa, junto a una huerta, en mitad de una explanada circular donde grupos de soldados troceaban ébanos a hachazos; cerca, los fusiles, por si los moros saltaban de una mata, como tigres.

Por Occidente, a algunas millas, el mar; y rodeándonos, el bosque; el bosque virgen, de fantástica frondosidad, cayendo por todos lados, desde nuestra altura enorme, como manto soberano cuya cola regia de eterno verdor se tendía por las montañas festoneando sus crestas en la lejanía sobre el azul profundo y tranquilo de los aires.

Desde las primeras horas de la llegada pude observar que mis compañeros revelaban una especie de paralización extraña, de éxtasis.

Se separaron, cada cual por un sitio, ocupándose unos en acariciar a los mastines, otros en jugar con los monos y las catalas, y los más en pasear, leyendo periódicos dos meses atrasados o cogiendo flores en la huerta. Tenía esto algo de calma paradisíaca; y tal vez un tanto fatigado mi espíritu por las luchas de la vida, se dispuso a sepultarse en aquella paz celestial, desperezándose al borde de la Naturaleza antes de entregarse a ella, como la hastiada impura junto al lecho del descanso.

Las semanas pasaron.

Seguíame fascinando aquella monotonía de grandiosidad...

Yo me volvía como los demás. La pereza no tardó en invadir mi cuerpo y mi alma. Un lugar solitario, un rincón de árboles, una hamaca; no anhelaba otra cosa aquel ansia insaciable y vaga de mi pecho.

Una siesta, en que a la sombra de los plátanos me balanceaba en la red de abacá, escuchando en el silencio absoluto del humano vivir el chiflar poderoso y uniforme de las chicharras del bosque, cuyas primeras columnatas de árboles se me ofrecían cerca, recreándome los ojos con sus cortinajes de liana y sus volanderas cuerdas de bejucos revestidas de trepadoras y ornadas con florones de parásitas, todo lo cual, en sus huecos de verdosa luz, bajo las bóvedas de follaje, a que se descolgaban gritando algunos simios o que cruzaban con pausado vuelo de una a otra rama algunas aves de pechuga azul, me parecía el pórtico de colosales palacios encantados; esa tarde, digo, en que doliente desde mi hamaca miraba a ratos el lejano mar, siguiendo en su gris superficie inmóvil la estela del sol, que como una senda de luz condujo a mi fantasía más allá del horizonte, más allá, mucho más allá, a aquella España hacia que viajaba entonces el astro de oro... yo comprendí de improviso mi nostalgia. Unas notas fugitivas, un perfume de néctar, una silueta entre brumas de no sé qué distancia ni qué espacios. ¡Ella! ¡Mi visión de la mujer!