Ella... era quien faltaba en nuestro paraíso. La mujer, el amor, el adorno supremo de la Naturaleza, para cuyo esplendor están hechas las grandezas de todos los escenarios.

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¡Con cuánta pena seguí en mis eternos días contemplando aquellos paisajes de belleza inútil!

El fastidio mortal dijérase que nos inspiraba en el desdén de unos a otros un odio inconsciente de camarada a camarada; el cansancio del vivir ante la inutilidad de la existencia sin ilusiones. ¿A qué, ni para recibir el agrado de quién, por nada esforzarse? ¿A qué hablar siquiera?

Noches de soberana hermosura, noches de los trópicos, en que tumbados en las amplias lonas de sillas como catres, formábamos silencioso y disperso corro, cara al cielo, mirando cada cual su lucero favorito, entre las estrellas que fulguraban como ascuas. Las luciérnagas volaban en las copas de los aromados ilán como llamas de plata. Alguna prendía en su mariposeo de luz nuestras miradas, perdíalas en el espacio... y ¡quién sabe tras ella en qué memoria de mujer perdíase también el recuerdo!

¡Oh, sí! ¡Un sarcasmo! ¡Un insulto de tantos regios esplendores a nuestro deseo! El alba; aquellos amaneceres serenos, en que sobre la inmensa alfombra verde de los hondos valles se levantaban, siguiendo el curso de ríos ocultos, cendales de niebla, que se extendían hasta el mar, como doseles de nubes sobre una procesión de diosas desnudas para el baño...

La siesta, con sus horas incitantes en el bosque, en la espesura de la sombra, entre los laberintos escondidos por los abanicos en hoja de las palmas, con sus grutas de enredaderas en los bambúes, al pie de las fuentes de agua helada, cuyos asientos de peña parecían el lugar de enamorada cita con mujeres que no llegaban jamás...

Las tardes, aquellas tardes de poesía embriagadora, de limpio ambiente que dejaba hasta el fin penetrar la mirada por las montañas desiertas, onduladas por el fofo ramaje de la arboleda como un océano de cuajadas olas verdes; que permitía seguir las praderas interminables sin encontrar sobre sus tonos de esmeralda la casita que nos mintiese el querido hogar...

Las tardes de puesta de sol con celajes increíbles, con nubes de todos los colores, con reflejos metálicos de púrpura en fondos mimosos de cielo verde, verde como las praderas y los mares de Oriente...

¿De qué servían si no pudieron jamás inspirar la frase trémula de pasión a la mujer alumbrada por sus luces de nácar?...