Y era tanta la hermosura de tales sitios, que ni dejaban al alma herida que los odiase francamente.
Un día, cuando otro camarada llegó, cuando después de dejar el caballo, fatigado por la cuesta, él se puso a contemplar el grandioso espectáculo desde la altura, yo me acerqué y le dije, a pesar mío:
—¡Esto es un paraíso!
Sólo que, recordando mi desolación, añadí rápidamente:
—¡Un paraíso perdido, un paraíso estúpido. ¡Sin una Eva siquiera!...
LA PRIMERA CONQUISTA
Me había dado mi tía dos reales y compré con ellos todo lo siguiente:
Cinco céntimos de pitillos.