—Yo me aplaudí igualmente el primer día. El segundo y el tercero los pasé fatales, a solas con mi susceptibilidad, que despertó en forma reflexiva. ¿No será esto, en el fondo—me preguntaba—una debilidad? Si la vida es así, aunque debiera ser de otro modo, y por el estilo de la del café es la mayoría de la gente, la que tratamos para nuestros negocios y la que tratamos por nuestras relaciones, ¿ha de renunciarse a la sociedad, encerrándose uno como un cenobita, sólo por el hecho de pensar con cordura?
—Esa idea es de Schopenhauer.
—Casi. ¿Qué había, pues, en mi prudencia de racional, y qué pudiera haber de cobardía?... Examiné mi vida entera. Me tranquilizó el examen. Por miedo no he retrocedido nunca en ningún propósito; mi biografía, tú la sabes, no es precisamente la de una monja.
—Y para probarlo en el café, como si el café fuese el mundo... ¡zas! desafías a...
—No. Ten calma. Entonces me encontré seguro de ser capaz de dar la vida por mi deber, por mi madre y por mi amante, y te repito que quedé tranquilo. La idea que yo tenía de mí mismo en ese punto me bastaba que la tuviesen también mis personas queridas...
Una gran tristeza hizo doblar a Celso el cuello al pronunciar estas palabras.
—¿Esas personas?—le interrogué.
—Son como las demás en este punto. Mi Claudia, mi buena Claudia, confunde también la insensatez y la estoicidad de la barbarie con el verdadero valor. No comprende que se pueda estar pálido con el corazon sereno. Ayer iba con ella en el faetón, por el campo; yo guiaba. Se planta delante un mendigo borracho y me pide limosna insolentemente; palidecí, rogándole que se apartara; mas había él tomado las riendas, y le descargué un latigazo que encabritó al caballo, arrancándole desbocado, después de arrollar al importuno.
En la carrera creí estrellarla, ¡a mi Claudia!... Cuando por la noche refería ella el incidente, dijo: “¡Qué miedo pasó éste! ¡Se quedó como el mármol!” Claudia, sin pararse a considerar la clase de temor que pudo asaltarme, ha sospechado, por primera vez, que soy un cobarde. Lo comprendí en no sé qué asesinamente compasivo de sus ojos!—Una hora después desafiaba yo a Alberti. El botellazo, razón de café, fácil, terminante. Probaré mi valor, puesto que es indispensable.
—Perdóname—le dije—; lo que así pruebas, por primera vez, es tu cobardía. Te suicidas.