—De un modo teatral. En un escenario, con amigos y público en los palcos, a la última. Sólo que me suicidarán de verdad; y el suicidio es de valientes: esta idea, si no es de Schopenhauer, debiera serlo.
Me ha sido imposible convencer a Celso de su temeridad, y me he separado de él abrazándole con pena, como a un sentenciado.
Sin embargo, ¡quien sabe! El desafío es mañana. Más que el pulso de un desesperado puede temblar el de un bravo de oficio...
MI PRIMA ME ODIA
Habremos de almorzar en casa de los primos de mi mujer. Pero yo he llegado antes; mi mujer no está todavía, y no está más que la mujer de mi primo. Y la mujer de mi primo, es decir, del primo de mi mujer (mi prima si os place, mi bella prima, arrogantísima) ha huído del salón, al sentirme, refugiándose en el gabinete.
Es terrible esta prima mía, tan rubia. Es tremendo que mi boda haya venido a convertirme inesperadamente, desde hace meses, en pariente de mi antigua enemiga cordial del tranvía, de mi antigua y desconocida enemiga mortal de por esas calles.
Pero es preciso terminar esta situación de una vez, y me resuelvo. Entro en el gabinete.
¿La he sorprendido? ¿La he asustado?... El libro cae de sus manos a la alfombra. Yo, me siento. Ve en mi cara una osada decisión, y su orgullo y su altivez la obligan a callar, mirándome, mientras la contemplo. Es lista, y adivina que va a hablarla su antiguo enigma odioso de otro tiempo.
—Vaya, prima, seamos francos: usted me odia con todo su corazón.
—¿Yo?... ¡Qué escucho!