—Sí. Usted me detesta, me aborrece.
—Se engaña usted, querido primo.
—Principalmente desde que el azar nos ha ligado en parentesco, su odio a mí se ha vuelto intolerable, prima, así obligada a verme y soportarme.
—¡Por Dios!
—Mi presencia y mi conversación la irritan, y quisiera usted, sin duda, poder causarme algún daño, en forma tal, que nadie sino yo supiese que usted me lo causaba... puesto que su odio es íntimo y absurdo y secreto entre los dos, de alma a alma.
—¡Mi odio!... Acaso es usted un poco fatuo.
—Tal vez.
—Desde que se casó habremos hablado seis veces, entre gentes, como extraños; y antes ni le conocía siquiera. A lo sumo pudiera haber de mí hacia usted simpatía o... antipatía: eso que instintivamente nos inspira toda nueva relación. Pero ¿odio?, ¿por qué? ¿No piensa usted que el odio es un honor que no puede concedérsele a cualquiera?
—Razón por la cual, de usted, yo tenía el orgullo de ser el hombre más odiado del mundo.
—No comprendo esa ilusión.