—Un odio de mujer. Amor inverso.
—¿Cree usted?...
—Tanto, que le temía a esta inevitable explicación, como a una declaración... amorosa.
—¡¡Señor mío!!
—¡Qué!
—Que yo no puedo consentir... ¡Schist! ¡mi marido!
Entra el marido, me saluda.
Sale el marido a dejar el abrigo y el bastón.
Hay un silencio.
¿Decía usted?... Siga, siga.