—Por demás... generosamente. Y sonreí.

—Bueno, ya lo dije; usted es algo fatuo. Cualquiera otro que no lo hubiera sido, únicamente habría visto en mi desdén... el que conviene a los tenorios de tranvía.

—Si me perdona, prima, yo le diría a usted que les conviene mejor la indiferencia. El desdén así marcado es ya una pequeña entrega de atención... Y yo sonreí, sonreí... por eso... formé mi juicio de usted... y volví a enfrascarme en mi lectura, por no volver a mirarla... ¡Qué tormento entonces! ¡Qué rabia para usted!... ¿Se acuerda?... Es verdad, no se acuerda. Yo sí, en cambio; solos, solos siempre en el tranvía; el viaje, largo... En la Cibeles, usted habría dado no sé qué porque yo volviese a mirarla. En Colón, ¡y nadie entraba!, había usted tosido tres veces, dejando caer dos el pañuelo, y hablando con el cobrador para que oyese el abismado lector imperturbable su voz seductora... Una voz divina, clara, que yo oí bien... pues lo que menos me importaba era el periódico, todo empeñado en hacer rabiar a usted con mi indiferencia... porque le diré también, si usted me lo consiente, que es la indiferencia el mejor castigo contra las desdeñosas del tranvía. En fin, usted bajó; tenía yo tan tendidos los pies, que tuvo usted que pedirme al pasar:—¿Permite usted?—¡Horror, mi odiada prima!... ¿se acuerda?... Yo recogí los pies sin contestarla, sin alzar los ojos del Heraldo, cuya “lectura” no interrumpí...

—¡Falso!... ¡Usted me miró; y de tal manera, que aun volvía por el vidrio la cabeza cuando yo avanzaba hacia mi casa!

—¿Cómo? ¿Eso sí lo recuerda?

—Lo recuerdo. ¡Vea usted lo que son las cosas!

—¿Y no recuerda asimismo que otras noches desde entonces nos volvimos a encontrar en el tranvía, con más gente, con menos gente, y que siempre yo... leía el Heraldo?

—¿Y no recuerda usted, odiado primo, que en el tranvía y en la calle, dondequiera que nos volvimos a encontrar, yo cuidaba hacerle advertir la primera mi desprecio?

—Su odio.

—¡Sea! ¡Mi odio!