—Con mucho agrado. Noche mala, de viento, de lluvia, y tranvía de Salamanca, de este barrio. Un poco tarde, y solo yo en el tranvía. Una dama que lo para al poco, y que sube: era usted. Iba usted elegantísima: abrigo de piel café, gran sombrero y plumas de color de pensamiento, terciopelo pensamiento...

—¡Ah, sí!

—¿Recuerda ahora?

—No. Sólo recuerdo que tuve esas prendas.

—Además, tan perfumada, que el olor de sus esencias hízome levantar los ojos del periódico. Fuí sin leer un momento, absorto por la gentileza de usted... Y usted, a lo largo del coche vacío, había entrado a sentarse en un ángulo de la delantera, diagonalmente opuesto al que ocupaba yo. Tomó usted, con rapidísima ojeada, nota de mi admiración, y la desdeñó en seguida... volviéndose a mirar por el cristal de la plataforma... Yo persistí en mirarla, absorto por su arrogancia y su belleza...

—Gracias, otra vez.

—Usted volvió a advertir mi atención, y la despreció más, volviéndome la espalda.

—¿Sí?

—Era, prima mía, amiga mía, el odio que usted empezaba a concederme, por demás...

—¿Por demás... qué?