Le arrastraba del brazo.

—¿Conoces a aquélla?

—¡Claro!

—¿Dónde vive?

—Allí. (Alvarez señaló un principal.)

—¿Quién es?

—Luisa.

—¿Qué Luisa? ¿Luisa de qué? ¿La mujer de quién?

—La mujer de nadie. Es decir, de todo el mundo. Tu mujer si quieres: veinte duros.

Alvarez, aprovechando su brazo en libertad, salió disparado. Un segundo después, Alfredo entraba en Fornos; pero solo.