Y se sentó, pidiendo un humilde café con leche.

—Caramba—pensaba mientras era servido—. Esa es más práctica que los hombres todavía.

Y no, no era eso lo que deseaba. Alfredo hubiese querido que todas las mujeres fuesen muy prácticas... para él únicamente.

GENIO Y FIGURA

El triunfo del autor iba siendo evidente. Pero un triunfo de sumisión, que tenía algo de espantoso, como el del domador en la jaula de las fieras. El teatro parecía contener una sola alma anhelosa y vencida, que quitaba a los cuerpos la sensación de ahogo en aquel aire de polvillo de luz, impregnado de sudor y esencias, a cuyo través, y contrastando con la obscura e informe aglomeración de cabezas en el patio y los anfiteatros, se veían los escotes y los trajes claros en las explosiones brillantes de las cornucopias eléctricas, llenos de flores y destellos, con abanicos que los brazos desnudos movían en silencio, como guirnalda de mariposas.

En uno de ellos, en el segundo palco de la izquierda, con sus padres y su prima Berta, la burlona irresistible, estaba Angeles, la novia del autor, vestida de celeste, admirablemente peinada, con un esprit de plumas y una flecha de brillantes en el negro pelo, quizás demasiado rojos los labios y demasiado pintadas las ojeras en su carilla ideal de caprichosa, blanca como el cuello, de esa blancura de leche de la velutina. Callada y absorta, con una contracción nerviosa de triunfo en los labios, era, sin embargo, la única que no llevaba la ilación del drama. El codo, de guante blanco, en la balaustrada grana; el abanico en la barba, y la cabeza medio vuelta hacia la sala, donde seguía en una voluptuosa aspiración los estremecimientos del público, observándole, recogiendo sus latidos que acentuaban la expresión singular, un poco diabólica, de su sonrisa. De cuando en cuando flameaba en sus dormidos ojos de gata un relámpago de satisfacción: era que sorprendía unos gemelos mirándola; los pocos iniciados que asistían al teatro, habían extendido la noticia de que allí estaba la novia del nuevo autor, y la noticia rodaba de butaca a butaca, de palco a palco... y Angeles la seguía en sus zig-zag, y empezaba a sentirse heroina disimulada de la fiesta, flechada por aquellos anteojos, a los que si guiaba la curiosidad desde cada hermosura del drama, les contenía en arrobos de contemplación la belleza de la joven.

De pronto se produjo un murmullo profundo de pasiones removidas. La dama, con su lujo de reina, desde lo alto de su gran celebridad artística, acababa de llamar “estúpidas” a las mojigatas burguesas que habían pretendido burlarse de su libertad. Era la mujer del porvenir, triunfante. Estalló un aplauso, el primero de la noche, enérgico y nervioso, pero le cortó un siseo lleno de imperio. Fué un paréntesis de la atención, y muchos gemelos se dirigieron hacia Angeles; con más descaro que ninguno, el de un oficial de la Princesa, allá enfrente, desde el palco del Veloz, guapo, arrogante, con su pelliza blanca de pieles negras y cordones dorados. Estaba de pie, detrás de las sillas ocupadas por unos caballeros calvos de gran pechera reluciente, y no miraba sino de tarde en tarde al escenario, inclinándose sobre la baranda.

¡Oh! ¡El Veloz!... Ese palco, cuyas miradas suelen consagrar en los teatros la fama o la hermosura a la moda. También Angeles solicitaba su interés, gracias a la actualidad que venía a prestarla aquella noche el éxito ya indudable de su novio. Cogió sus gemelos, miró a cualquier parte, al oficial luego, que la tenía clavada con los suyos, y los abandonó en la falda de la prima Berta, que dijo entre maliciosa y burlona: