—Te conquista el húsar.
Siguió la representación. Angeles, con los ojos muy abiertos sobre la escena, no atendía. Recordaba la época en que, meses atrás, conoció a Ricardo entre las brisas y alegrías del Sardinero. Una crónica melosa, con su nombre entre flores; un deseo de pagar en sonrisas al corresponsal; un afán de monopolizar sus elogios en letras de molde, y a los ocho días, sin saber cómo, se encontró novia de Ricardo, a pesar de sus corbatas arcaicas y de su figurilla insignificante. Pero le quería, le quería, sobre todo desde que el papá de Angeles, fundándose en la precaria situación del joven, se opuso a las relaciones.
¡Ah! Pero este estreno, esta victoria, que cada vez más claro advertíase en la ansiedad del público, ganaba también al padre de la novia, que aplaudía con cariñoso entusiasmo, como si estuviera presenciando allí el azar que haría entrar a Ricardo en su familia. El mismo había deseado asistir con su hija, porque tanto habían dicho del drama los periódicos, que empezó a sospechar que su autor fuese, no sólo un hombre de talento, sino de porvenir.
Un frenético “¡bien!” y un palmoteo que convirtió instantáneamente el público entero en tempestad cerrada de aplausos y aclamaciones, volvió a Angeles de su ensimismamiento. El telón caía. “¡Bravo! ¡Bravo!” se oía gritar; y entre las voces trémulas que pedían al autor y el nutrido resonar de las palmadas, que daban al teatro una apariencia extraña de manos que se movían por todas partes, pudo ver Angeles que desde muchos palcos se le asestaban gemelos, brillando delante de los ojos de mujeres elegantísimas. También los del Veloz la enfocaban como una batería formidable, los de aquellos señores calvos de blanquísima pechera, los del húsar, arrogante, con su rubio bigote a la borgoñona y su pelliza de cordones de oro...
Angeles, roja de emoción, ahogándose en el ruido de aquel aplaudir frenético, resonante en su oído como una granizada de perlas, con la nariz por la delicia dilatada en su carilla ideal de caprichosa, sintió un vacío en las sienes cuando bajo el telón, a medio levantar, apareció un cómico y le arrojó al palco, a modo de homenaje, el nombre de su novio—lo cual arreció la tormenta de entusiasmo con un griterío imperativo y tremendo de: “¡El autor! ¡el autor! ¡Que salga!” La prima Berta la contemplaba con envidia...
“¡Que salga! ¡que salga!”
Volvieron a brillar sobre el telón las luces del proscenio, y empezó aquél a subir lentamente. La escena apareció desierta, deslumbradora. ¡Oh, iba a verle allí, en la apoteosis de la multitud electrizada, en la claridad de gloria de las luces invisibles de las bambalinas, ofreciendo la ovación con enamorada sonrisa! ¡Cuánto le quería!
La dama, aquella actriz rubia y espléndida, hermosa como una reina de cuentos, y un actor a quien el frac daba elegancia aparatosa, tiraban del autor, que al fin asomó por el foro entre aquéllos, vistiendo una levitilla antigua, pálido, con el asombro en los ojos y el pelo y el bigote como erizados. Junto a las graciosas reverencias de sus compañeros, las del pobre autor, muy serio y azorado, resultaban verdaderamente ridículas.
Angeles oyó decir en el palco inmediato “¡Qué feo!”; y la burlona Berta, la segunda vez que se alzó el telón, le comparó con un ratón recién salido de una jofaina. En esto, al desaparecer el autor de espaldas al fondo, tropezó con un mueble... y el público entero, sin dejar de aplaudir, rióse.
Angeles estaba descompuesta. Desde el palco del Veloz, el húsar, en actitud gallarda, la miraba y sonreía compasivamente... Se desvanecía la joven. Se levantó con rapidez y se ocultó en el antepalco sin que lo advirtiera apenas su familia, atenta a la ovación, que siguió ruidosa mucho tiempo.