Cuando el padre de Angeles, vivamente emocionado, fué a felicitarla estrechando su mano, encontró a la joven medio tendida en un diván, temblorosos los labios y la mirada sin luz. ¡Pobre sensitiva, tronchada por un huracán de felicidad!...
—Perdóname—le dijo—; ya comprendo tu cariño por ese hombre de talento, y puedes decirle que desde hoy lo tendré a orgullo. ¡A orgullo! ¿sabes?
—Es inútil—respondió Angeles solemne de desprecio—; no pienso verle más en mi vida. ¡Vámonos!
Y sin consentir en volver siquiera al palco, salieron del teatro, que esperaba ebrio de entusiasmo el último acto del maravilloso drama.
VILLAPORRILLA
¿Aldeas? En buena hora. Pero en el lienzo para adornar mi gabinete o en el libro para decorar mi estantería. Ni más ni menos.
Así las conocía yo. Y sabía de ellas que contempladas desde el último cerro de su horizonte al caer el sol, cuando los senderos de la montaña eran recorridos por los pacíficos campesinos que de vuelta de sus faenas tornaban al hogar, azada o garrote al hombro, dejando oir canciones llenas de melancolía, entremezcladas sus notas con el estruendoso concierto de cigarras, grillos y ranas, meciéndose también por los espacios el triste son de la campana de oraciones y el tintineo de las esquilas del ganado; contempladas, decía, a la traslumbre del crepúsculo, con su esbelta torre en silueta alzada en mitad de blanquísimas casitas “que como ovejas rodeadas al pastor en apretado conjunto circundaban la bonita iglesia”, debían de ser el non plus ultra de las cosas de gusto, con aquellos arroyuelos lamiendo sus viviendas, con aquellos álamos prestándolas sombra, con aquel imprescindible pozo de limpio brocal, en que las muchachas del pueblo, limpias como armiños y lindas como perlas, mostrando bajo la “corta y honesta falda” su media como la nieve y su zapatito negro, escuchaban idílicas declaraciones del garrido y apuesto zagal que entre fogoso y ruborizado las miraba de soslayo, mientras en el viejo pilastrón de cantería verdinegra con candilillos y hierbas en las junturas, bebía su recua de borricos—alguno quizá dando también al viento su amorosa queja en un rebuzno poderoso...
Así las conocía yo... ¡Cuál me engañabais, oh caros novelistas y poetas!