Villaporrilla, enclavada con sus cincuenta casas en la abrupta falda de Sierra del Gato, con alcalde coloradote y brutote y de buen corazón (a lo menos así lo había yo juzgado las veces que con su sombrero en la corona y sus calzas de paño me visitó en la capital), es seguramente una aldea en las mejores condiciones para serlo; quiero decir que, a causa de estar alejada de todo centro de población, y de no ser Villaporrilla “camino para ninguna parte”, no cabe sospecharla corrompida en su primitivo aspecto. Villaporrilla, aunque en el corazón mismo de España, está alejada de la civilización como cualquier campamento de salvajes.

Pues bien: la primera sorpresa que llevé en Villaporrilla fué ver que sus casitas blanquísimas no eran ni blanquísimas ni casitas, sino especie de zahurdones del color del barro, medio ruinosos, de apariencia imposible de poetizar. Hasta un momento antes de llegar, el paisaje es bello; pero sus alrededores, como si la Naturaleza tuviera asco del mísero pueblo y le formara corro a distancia, consistían en raquíticos huertos y gran cantidad de estercoleros y lagunas cenagosas en que a su placer embarrábanse los cerdos. La iglesia era una casa poco más grande que las otras. Y el pozo del ejido, que no faltaba, verdaderamente, sería de agradable parecer a no estar rodeado de charcos y constituir como el cuartel general de los susodichos montones de basura.

¿Creéis que acudían ninfas en traje corto a sacar el agua? ¡Oh, qué caras, Dios mío! Muchachas desgreñadas, sucias, feísimas, con el color del paludismo, barrigonas, descalzas... Cerca estaba el cementerio. Cuatro tapiales, desportillados por más de un sitio, y en paz.

En Villaporrilla dejó de parecerme “buen corazón” su señor alcalde, aunque siguió pareciéndome coloradote, y brutote, sobre todo.

Además, a los pocos días me convencí de que su estado normal era el de una borrachera continua. El concejo se reunía a discutir sobre si El Pelao debía o no continuar en su cargo de ministro (alguacil, en la técnica de Villaporrilla), o si debía ya sustituirlo el actual regidor síndico, que llevaba tres meses sin cobrar un céntimo; y además, se reunía para tirarse los jarros y las sillas a la cabeza; lo cual hacía a todos los concejales preferir la taberna a la sala de sesiones, porque en ésta se tiraban los bancos y costábanle dinero al concejo.

—¿Y cómo no arregla esto el señor cura de la aldea?—pregunté, antes de conocerlo, imaginándome al pobre señor escandalizado con tal estado de cosas.

—¡Bueno está el cura!—me dijeron—; pero en fin, tras eso andamos, tras de echarle. El capitanea el bando del Furraco, y el año pasado nos llevó a la Audiencia en una causa a que le llaman la “causa madre”, porque ha dado lugar a otras once, hasta la fecha.

No me parecieron mejor los mozos que las mozas. En la casita donde me hospedé, única que tenía cristales en el pueblo, los rompían todas las noches las pedradas zagalescas.

Estos mozos rondaban hasta media noche en cuadrillas, con sendas porras al hombro. La semana que no había un par de descalabros y el subsiguiente empapelamiento en el juzgado municipal, podía rayarse con piedra blanca.

—Pues mire usted, este pueblo es muy tranquilo—me decían—. El año pasado no mataron más que a tres. En cambio, los de Cobarrubia a seis, y de Maratón dieron cinco al presillo.