De los tenaces admiradores. Fueron muchos. No consiguieron una mirada de gratitud, de esas con que hasta las menos coquetas dan las gracias. Unicamente yo, con la solicitud de esclavo que corta flores para su dueña, en arrojar una por una aquellas admiraciones a sus pies me complacía. Era un deleite intenso, pero inconsciente y vago como el placer de un ensueño, como la alegría de una primavera.
Ella me pagaba siempre con su sonrisa leve. Yo le compraba bombones. Y nada más.
¿Bonita?
Sí. Creo que sí. Que era excepcionalmente bonita; pero yo no hubiera podido definir su belleza ni entonces ni ahora. La miraba muchas veces cuando estaba delante de mí. Luego nos separábamos y no me acordaba más de ella. Pero volvíamos a reunirnos y volvía a mirarla. Un claror fosfóreo de sus ojos medio cerrados, semejante al de la cresta de la ola en los mares luminosos, una transparencia de su faz que me cegaba de dulzura, imposibilitaban mi análisis.
A la luz eléctrica del teatro, cayendo como una inundación sobre aquella cara de nácar, sólo podía darme cuenta de una cosa: de que en aquella cara los labios rojos parecían más rojos que todos los labios en todas las caras de mujer que yo he visto.
En eso comprendo que debía gustarme mucho toda ella. En que no sería capaz de describirla. Cuando un espectáculo arroba, aduerme y hace soñar: ese es el éxtasis.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
El telón caía por última vez. Todo el mundo en el teatro empezaba a removerse para salir. Echábala sobre los hombros el abrigo elegantísimo, que ocultaba su cuello y su barba redonda en gorguera de rizadas sederías, y así que se aclaraba un poco el paso—espera empleada por mí en averiguar si había estado contenta y entretenida, porque necesitaba cerciorarme de ello para estarlo yo—salíamos atravesando en la puerta las filas de curiosos, que entre todas las hermosas mujeres que por los pasillos, por las amplias escaleras iban afluyendo al foyer lleno de claridad y de reflejos, fijaban sus miradas, de preferencia, en la que conmigo cruzaba graciosa y ligera medio escondida la cara monísima entre el sombrero y el cuello como en ramilletes de pluma.
Seguíamos buen trecho con la procesión de gente; contemplábala yo aún, en los cuadros de luz que algún café lanzaba por sus ventanas, y bien pronto, perdidos fuera del centro, en solitarias calles donde nuestros pasos resonaban, la ofrecía mi brazo, que aceptaba por miedo, por ir más cerca de mí en la semiobscuridad y el desierto de la media noche.