Iba tranquila, confiada en mí; yo, delicadamente afanoso de llevarla a su gusto, calculando el paso para no fatigarla, sujetándolo al suyo, lo mismo que debe ir el recluta el día de su primera marcha en filas.

—¡Perdona!—volvía a replicarla siempre que una vacilación me hacía rozar siquiera el vuelo de su falda. Y embriagado de su perfume, del suavísimo violeta de su tocador, que parecía exhalarse de ella más penetrante con el fresco de la noche, como el perfume de las azucenas, el silencio a su lado me enojaba; y por hablar cualquier cosa con aquella colegiala divina que no sabía nunca qué decir, la entretenía haciéndola notar lo caprichosamente que se iban nuestras sombras alargando cada vez que dejábamos atrás una farola.

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La despedí un día en la estación, con su familia. Se iba lejos. Yo no sentí su marcha. Pero si en cualquier momento de los años que pasaron me hubiese puesto a escribirle, hubiérale escrito cortésmente, como a una respetada y queridísima amiga.

De mes en mes, acaso más de pronto en pronto, quizás más de tarde en tarde, yo solía acordarme de ella en mis tristezas y en mis soledades. ¡Nada! Acordarme.

¡¡Era tan niña!!

Todavía me pregunto algunas veces:

—Señor, ¿por qué, con ella, más chiquilla que nadie, y siendo tan amiga mía, no pude tener jamás la confianza descuidada de la amistad?

Entonces no supe que la adoraba. Ahora tampoco sé si la he adorado mucho desde entonces.