TU LLANTO Y MI RISA

¿Te acuerdas?

Era como hoy. Un capricho, un enojo de tus celos de vanidosa.

Era cualquier mañana, quizá hermosa y sonriente, en que yo, mirando un rayo de sol y contemplando el cielo, esperaba, tras los ensueños dulces de la noche, a que las vidrieras de tu cuarto se entreabriesen mostrándome en la gloria de tu faz la alborada de mi alma. Tú perezosa, yo impaciente, a veces con miedo de turbar tu sueño, entraba de puntillas hasta el lecho. Dormías. Te besaba en los ojos y estremeciéndote como en una convulsión, me volvías la espalda sin mirarme, sin hablar, rebujándote hasta la frente en la seda azul y en los encajes.

¡El enfado!

¿Hablarte?... inútil. ¿Besarte más, en el cuello, en la oreja, en el nudo de oro de tu pelo? Cada beso era una descarga eléctrica para aumentar tu rabia.

¿Qué tenías? Bah, cualquier motivo insignificante e injusto, que me manifestabas al fin seco apóstrofe de desprecio, con tenacidad convencida de histérica, rebelde a toda explicación. La intentaba yo, aunque sabía su ineficacia de antemano, y herido luego en la grandeza de mi cariño por las pequeñeces de tu espíritu de mujer, me alejaba de ti y de tu cuarto, altivo como tú, pero más triste...

Las once, las doce, la una... No se había dignado levantarse la señorita. Frente a mí, en la mesa, estaba tu silla vacía... Bien. Yo me iba al campo, lejos, a vagar... Al Círculo después, hasta las dos de la mañana... Volvía a almorzar solo al día siguiente; y allá a la hora de cenar, tarde, muy tarde, solía encontrarte en el comedor con cara de indiferencia. Ni me hablabas ni te hablaba. Pero, aun sin mirarte, podía notar que me mirabas tú estudiando en mi cara mis impresiones. Por lo pronto habías cuidado de adornarte más... Sólo que esperando mi primera palabra de reconciliación, solías engañarte. Tu orgullo aparecía en un «adiós» desdeñoso, y cada uno nos retirábamos a la respectiva habitación. Un mutuo juramento de no ceder llevaban nuestros labios...

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