—Permita que me sorprenda en un hombre tal confesión—dijo María, clavando los ojos en Demarsay, del mismo negro acero que su pelo.
—¡Necesita demostrarse!—añadió no sé quién de nosotros.
—La demostración resulta de mis pequeñas historias. Decía... que un doctor me aconsejó, para unos dolores rebeldes, el campo y la gimnasia; inmediato a la finca donde pensé instalarme, vivía retirado M. Montignac, el más célebre duelista de Europa; propúsele al doctor, en gracia a mi comodidad, sustituir la gimnasia con la esgrima; aceptó, y a los seis meses yo estaba curado. Mas como por mis negocios permanecí en la posesión algunos años, y como además, por gratitud al ejercicio y deferencia a mi maestro, no abandoné las armas, resultó que cuando volví a París, según Montignac, que se apresuró a comunicárselo a sus compañeros, era el mejor discípulo que había tenido hasta entonces. A consecuencia del aviso, sin duda, la Sala Hervilly me invitó a un asalto; y a consecuencia del asalto, en el cual desarmé cuantas veces quise a un M. Murguer, tirador celoso de su fama, recibí al siguiente día la visita de sus padrinos.
—¿Para otro asalto?—preguntó ingenuamente Luciana.
—Para un duelo—continuó Demarsay—. Pretendían que me batiera con Murguer, porque éste deseaba saber si mi habilidad era la misma con espada sin botón. Contesté que no tenía el menor deseo de prestarme a la prueba, y que no encontrando odios ni ofensas que vengar, sino antes al revés, habiendo tenido una complacencia en conocerle, le proponía un jovial almuerzo con unas cuantas botellas de champagne. Almorzamos juntos, tiramos y procuré dejarme alcanzar algunas veces, por calmar la vanidad de aquel hombre. Sólo que una de ellas, cuando yo creía estar ganando su simpatía, al oirme decir sonriendo: ¡Touché!, arrojó su espada y nos abandonó airadamente. Por la tarde los padrinos. Afirmaban esta vez que le había ofendido con mi condescendencia, tratándole como a un niño; lo que no estaba dispuesto a tolerar, porque aspiraba a ser tratado en todo momento como hombre; que no aceptaba explicación ninguna, y que conceptuaba preciso que nos midiéramos con armas desnudas, a fin de que sus descuidos o mis galanterías, en caso que yo me atreviera así a brindárselas, no resultaran una ridícula e inocente burla.
—¡Qué tesón!—exclamó María.
Pablo, en su punto de tirador, advirtiendo que todos los que oíamos a Demarsay hallábamos importuna la conducta de su adversario, se creyó en el caso de encontrarla explicable.
—Al verdadero duelista—manifestó—velador constante de su prestigio, no le es agradable, aunque involuntaria, una humillación de esa índole. En esto se parece a la mujer con respecto a su honra. Ninguna tolera con paciencia que otra mujer delante de ella aparezca más honrada.
—Pero yo, que no soy duelista, que no lo era—replicó Demarsay con su acento ligero y fino de parisiense—, sino un pobre enfermo que se curaba y se divertía jugando al florete igual que podía divertirse jugando a la pelota, me asombré de la exigencia de aquel señor, a quien juzgué un solemne majadero...
Miré a Pablo y le vi inmutarse. Iba a contestar, tal vez en defensa de su falaz proposición, pero se contuvo.