—Y con plena franqueza tuve el gusto de participárselo a los padrinos—continuó el diplomático—. Aseguro a usted que eché de menos la ley de Schopenhauer contra el duelo: “Todo mantenedor y portador de un cartel de desafío, recibirán veinte palos en público, a usanza china.”
Pablo no pudo contenerse.
—Castigo que no sufriría ningún hombre de honor sin pegarse un tiro.
—A lo cual contesta el filósofo, que lo prevé: “Es mejor que un loco se mate a sí mismo que no que mate a otras personas.”
Produjeron una carcajada, que puso en evidencia a Pablo, las palabras del francés, quien siguió:
—Loco era aquél, y de remate, Me buscaba y me encontró una noche en el Tívoli: me dió un bofetón y le tiré por la barandilla del palco; él, al hospital desde el teatro, con una pierna rota; yo a la comisaría, donde tuve que pagar dos sombreros y un abanico que estropeó al caer mi hombre... Pierna curada a los dos meses, y ¡lo de siempre, señores! ¡el duelo...! ¡Bah! Era preciso acabar, y acepté como quiso, permitiéndose todo, a muerte. Aseguro que cuando contemplé mi espada ante aquel infeliz que se defendía con torpeza, me pareció un instrumento infame con el cual, y con habilidades de tahur, podía yo impunemente arrancar una existencia. Pude matarle, y le desarmé varias veces. Esto aumentó su coraje, y mi desprecio a mí mismo, y a él, y a cuantos presenciaban el repugnante espectáculo como una fiesta. Al fin, para acabar, le herí en la mano. No cedió, sino que se lanzó sobre mí con más furia. Entonces le atravesé el brazo, y la espada cayó de su mano inerte... Antes que aquel insensato pudiera curarse y provocarme de nuevo—concluyó Demarsay dirigiéndose a mí—pedí mi traslado, y renegando de la esgrima que en mala hora había aprendido, me embarqué para Sangay, y luego para las Filipinas, donde tuve el gusto de conocer a usted.
—Pero ¿el juramento?...—interrogó Luciana.
—Porque no basta eso—añadió otro—; una temeridad excepcional no significa que la esgrima no pueda servir en una causa justa.
—Y, en efecto—añadí yo—, cuando le conocí, todavía le vi manejar prodigiosamente la espada.
—Sí—contestó mi amigo—, pero evitando a los profesionales. Aun así, señores, después tuve que cerrarme a la banda para rehuir otros encuentros con Tomegueux, en París, y con San Malato, en Florencia; y hasta pude convencerme al fin, por mí propio, de que el conocimiento de las armas, que no es indispensable nunca y que sirve rara vez para cosas razonables, se pone fácil y malamente al servicio de la vanidad y de las pasiones. La que es hoy mi mujer era mi novia en 1895. Estábamos en Nápoles; el conde de Torino quería a mi novia, que me adoraba, y el padre de ésta, un romano que conservaba la tradición del orgullo, prefería al conde por su nobleza. Mi pobre Celsa se rebeló al afán de su padre, poniéndome por causa; y cuando el conde me desafió un día, sentí una alegría infinita, satánica. Tenía la seguridad de matar a mi rival, y me complacía en el derecho que él mismo me daba para matarle.