Sino que reacciono, á la hora del café. Sus cien kilos son demasiada carga para sobrellevarla en el viaje como irredimible consecuencia de una leve gratitud.

Fosco, casi huraño, cuando ella espera que me la lleve del brazo á la cubierta, me levanto y me despido:

—Perdón. Tengo que hacer. Voy al camarote.

Y en el camarote, de nuevo encerrado á llave, cual si la bruta prostituta pudiera perseguirme, comparto mis reflexiones entre el negro horror de mi neurastenia y el blanco escote de la bruta prostituta...

No la deseo; ó no sé, al menos, si la deseo ó no.

Torno á refugiarme en el recuerdo puro de la niña.

Por él ennoblecido, me hundo en la memoria de la desgraciadísima Loló—de aquella dulce Ana María en cuyo ser y en cuya alma delicada cometí todos los crímenes...

¡Pobre Ana María!

Maté tu candor, maté tu fe, maté á nuestro hijo en tus entrañas, maté cuanto de grande y santo hubiese podido realizar en el mundo tu bondad.

Y claro es que si tú arrastras por mi culpa el dorado horror de tu vida destrozada, yo debiese arrastrar la cadena de un presidio.