II
Positivamente me resta una de las más ingenuas distracciones de á bordo mi antiguo conocimiento del mar. No son para mí novedades las que excitan la curiosidad de mis amigos. En calma el viento, ellos, que ya pueden andar sin pasamanos, recorren el barco con Placer y con Eyllin. Bajan á las máquinas, para ver cómo, sin que entre el agua, cruza el casco el árbol de la hélice; suben al puente, para ver cómo maneja el sextante el capitán; visitan la punta de la proa, la bodega, las cocinas, y se preocupan de entender los dobles de esquilón y del momento en que se anota la singladura en el cuadro de la marcha.
A mí apenas si el espectáculo de algunos buques que cruzan logra distraerme un rato en la batería de gemelos que formamos en las bordas. Mis nervios se aplacan. Parece de corcho mi cerebro. La mayor parte del tiempo la paso tendido en el canapé, contemplando el juego de las olas.
Sin que pueda decir que estoy mal entre los compañeros, estoy mejor cuando me dejan y se llevan á Placer. Se encuentra irritada por mis desaires, aunque yo, gentil siempre que me habla, procuro suavizarlos. No he vuelto á comer con ellos. Una circunstancia favoreció mi disculpa de descortesías en el propósito: la mesa, de cinco asientos, no lo habría tenido para el húsar; calculé, pues, que me bastaría concurrir un par de días al restorán, á pretexto de mi régimen, así dando tiempo á que pudiera sustituirme el pobre mareado; y, efectivamente, al tornar al comedor, el mayordomo me indicó otra vacante en otra mesa de un viejo matrimonio alemán y de un marino bonaerense. Locuacísimo el marino, con unas patillas y una afable distinción del tiempo de Churruca, no me habla, al menos, de mujeres. Sabe idiomas, y cancillerescamente reparte su conversación conmigo y con los alemanes; pero su propia galantería de gentleman, que tiene que atender á todos, me libra pronto de él en la cubierta.
Yo, entonces, me aislo en un rincón y observo la gente del pasaje. El Victoria Eugenia es el mejor trasatlántico que navega en esta línea. Vienen muchos franceses, y principalmente familias uruguayas y argentinas que regresan de sus visitas europeas á todo rumbo de dinero. Anteanoche un señor del Plata dió quinientos pesos en la rifa de una Virgen que no sé quién organizó. No hay nadie á quien mi nuevo compañero de mesa no conozca. El solo llena de ceremoniosas reverencias las tertulias y los bailes. Toca el piano y la flauta, hace prestidigitaciones, inventa juegos de prendas, y lo mismo se pone á conversar con el segundo maquinista que con un ex presidente de la República de su país, y con la ex presidenta y las hijas, que traen la mejor cámara del barco, y que han sido en Madrid agasajadísimos. Algo anticuado el joven teniente de fragata, sin duda, en materia coreográfica anda aún por rigodones, y en lecturas por Balzac y Víctor Hugo.
Paréceme que sus mismos compatriotas, picados de snobismo al regresar del viejo mundo, le miran con la condescendencia que á un niño candoroso. Mientras él retóricamente trata de ensalzarles á las damas las figuras de Cuasimodo ó Juan Valjuán, ellas se distraen hablando del tango, de Wagner, de los apaches de París..., y, sobre todo, de lo que constituye la última atracción de escándalo europeo: del crimen de la Montsalvato. Traen diarios é ilustraciones, y se desquitan leyendo y discutiendo á bordo cuanto no tuvieron tiempo de saborear en tierra á su placer. Los grabados de la «tristemente célebre condesa» circulan. Se admira su beldad. Una de las más bonitas mujeres de Italia y la más perversa del mundo. Creen que ya la habrán cogido, y que se la ahorcará con el amante. Aguardan impacientes, para tener noticias, la escala de Canarias. Sin embargo, se asedia al capitán, por si radiográficamente pillase algo del suceso.
Me aburro, oyendo en todas partes hablar del crimen; y lejos de esta cubierta de joyas y elegancias, como la vasta galería de un balneario, me hundo en las encrucijadas del barco buscándome á mí mismo.
Más que por la impulsión invencible de pensar y sentir tristezas, según antes me pasaba, diríase que voluntariamente busco ahora el pensarlas y el sentirlas por el hábito de que no quiero prescindir. Ellas han constituído durante dos años mi existencia, y sin ellas parézcome vacío... sin rumbo en la vida, sin objeto.
Porque la verdad, la misma impulsión bestial que, desde que duermo y como, siento á veces ante las provocaciones de Placer, me abochorna hasta el extremo de preferir, incluso con su cohorte de penas desoladas, la orgánica aversión sensual de mi maldita neurastenia. Triste es tener que prescindir de la integridad del amor de las mujeres; pero más triste es tener que aceptarlas en su cercenada realidad de lascivos mecanismos. Los hombres no hemos sabido formarlas el alma todavía.
O mejor dicho, dejar de deformársela. Ejemplo de ello lo llevamos en esta miniatura del mundo que viene á ser el buque. Por eso me place, con amarga complacencia, bajar á la cámara de tercera y ver cuán cerca van unas de otras las pobres torturadas que forman como los símbolos de extrema oposición en el martirio de las vidas femeninas. Son, por una parte, cinco religiosas italianas que irán á hospitales ó colegios argentinos; por otra, y en patrullas diferentes, un sucio rebaño de prostitutas francesas y austriacas que irán á Buenos Aires.