En nuestra misma tertulia, y aun por encima de los compasivos sentimientos hacia Emma y Mary, se habla y se discute al fin de la catástrofe horrorosa como de algo natural que no mereciese ni extrañeza. El señor cura ha acabado por creerla el aviso con que la Providencia querría llamar la atención de la Humanidad acerca de las miserias de la vida, cuyo único reino fuese el cielo; sin embargo, contradictorias sus cristianas esperanzas y sus visiones terrenales, se declara germanófilo, por entender que así la vida mundial se deslizaría mejor bajo férreas férulas de orden y de fuerza. El médico, el farmacéutico, el maestro de escuela, anglófilos y francófilos en nombre de la libertad, piensan que únicamente por la obra previsora de tener que atacar, de tener que defenderse, tal que ahora Francia é Inglaterra, se habrían inventado, con tantos individuales sacrificios, los acorazados, los submarinos, los aeroplanos, los gigantescos cañones del 42, las maravillas químicas de los gases asfixiantes y las mil perfecciones industriales en que para ser ricas y poder soportar en cualquier momento el costo enorme de las modernas luchas se esfuerzan y rivalizan las naciones; en cambio, sin el ansia perenne de la dominación, ó lo que es lo mismo, de la guerra, el trabajo derivaría hacia la comodidad liviana, y el mundo estancaríase en esos lagos de molicie que arrastran á la perversión á las grandes capitales: la guerra sería, pues, la gran purificadora de la vida y espuela de la moral y del progreso; el maestro de la granja, en cambio, más rotundamente lógico con su independiente selvatismo, sostiene que la guerra no es más que la brutal consecuencia lógica de la brutalidad del mundo, donde nada hay ni habrá jamás que no signifique el odio y la pelea perpetua de todo contra todo; por eso él ama el peligro de sus cazas, en un completo desdén á la vida de las fieras y á la propia, que vienen á ser iguales, y por eso los hombres de Europa, á la sazón, se dedican al placer de matar y destruír, pasando sobre el abandono de sus muertos con la misma indiferencia que la bandada de pájaros ó la manada de lobos pasarían sobre los suyos.
Y oyéndolos, oyendo á don Luis, al cura, que á pesar de sus contradicciones recoge la realidad de miserias de esta vida, que no podría ser de bien más que en el cielo; oyendo al boticario y al maestro y al doctor, que no obstante sus incongruencias encierran también exactitudes indudables en su dilema acerca de que el destino del mundo no pueda ser sino estar saltando incesantemente desde las perversiones de la paz á las destrucciones de la guerra...; oyendo, en especial, al maestro de la granja, que con su ruda sinceridad de pensamiento (ya que no con la de su espíritu, puesto que, lejos de odiarnos y mordernos, adora á sus niñitos y ayuda con todas las fuerzas de su fe á nuestra obra de bondades) suele tener la virtud de impresionarnos más que los demás..., como en aquella noche en que nos acusó de «asesinos de perdices»—nos retiramos muchas de estas noches á dormir pensando en la triste verdad de sus palabras.
El orbe entero ardiendo en odio, parece darle la razón, igual, aunque con más estrépito, que no tardó en dársela, ante el estupor de nuestros ojos, aquel zorzal abandonado á su agonía. No le faltarían al pajarillo infeliz hijos ó hermanos ó una hembra compañera que, en vez de quedarse al lado suyo, seguían dichosos volando por los aires. Así, en el salvajismo de los hombres, más cruel, ellos propios son los que van matando y pasando, con la satánica alegría del triunfo, por encima de los montones de heridos, por encima de montañas de cadáveres. ¡Oh, sí! ¿Cómo negarlo...? Es demasiado grande la confirmación de brutalidad que Europa está haciendo en nombre de la Tierra toda, y este hombre, quizá, tiene razón.
Pero, si la tiene..., ¿adónde habría ido á parar el templo que nuestra religión de la piedad trasladó desde la cruel Naturaleza al corazón de los humanos...? Nuestro amor, nuestras piedades se contemplan, y sentimos á veces Rocío y yo la vergüenza y la enorme confusión de no saber siquiera, al fin, si no seremos una ridícula excepción entre las gentes...; si no sería nuestro amor un bruto instinto más, lujuria hipócritamente disfrazada de excelsitud por la pasión mía, por la belleza de ella..., y si no habrían de ser nuestras piedades más que las morbosas y estúpidas y cobardes sensiblerías de un histerismo.
Más desorientados que nunca, quedamos sobre la misma emoción de nuestra noble dicha al besar á nuestro hijo en una especie de acorchamiento de imbéciles que fuesen buenos y felices por su amor y su ternura, aunque no quisiesen serlo.
Recibimos en el mismo día noticias de dos sucesos que nos afectan: unas, proceden de la guerra: el hundimiento, por un submarino inglés, del buque en que venían nuestras máquinas encargadas á Berlín; otras, llegan de cerca, y se refieren al traslado, á la fuga del cacique del Palmar á otro pueblo lejano, en vista de que los riesgos personales corridos en el suyo, y el término del proceso con la condena á presidio de los once delincuentes (habiendo estado á punto él de acompañarlos) le han probado también la terminación total de sus influjos.
Pero, aunque esto es ya un iris de paz para nuestro incierto porvenir, así, libres siquiera de los más osados malhechores y del más terco enemigo, y la pérdida de las máquinas nos representa un daño de ciento cincuenta mil pesetas, ni la alegría egoísta de aquel bien, ni el egoísta dolor de tal daño, han podido impedir que nuestra piedad, nuestra piedad, ¡siempre y á pesar de todo nuestra piedad!, saliendo fuera de nosotros se acongoje por el rigor cruel que concédenos favor echando á unos desdichados á presidio ó al destierro, y se acongoje, preferentemente, en casi olvido de nuestro mal, por las trescientas vidas de hombres y mujeres y niños que han ido al fondo del mar con nuestras máquinas.
Me buscan en la granja, á escape. Corro, y encuentro en su despacho á Rocío y á Emma sobre el cuerpo de Mary tendido en un diván.
Un periódico francés yace por tierra.