¡¡La guerra!!

En un mes, Inglaterra y el Japón hunden doscientos buques de gran porte y Alemania sesenta; ha quedado sembrado de medio millón de cadáveres el camino de París, y se derrumban Lieja, Reims, Lovaina bajo la metralla y el incendio; porque el horrible fuego con que la civilización lo destruye todo, destruyéndose á sí propia, con sus submarinos y sus aeroplanos y sus acorazados y sus minas y sus cañones y sus gases asfixiantes arde igual en los aires que en el mar y en los fondos del mar y en la tierra y en los senos de la tierra. Como en los tiempos más bárbaros, se saquean al paso las ciudades, se abusa de las mujeres, se fusila á los ancianos y á los niños..., y rotos los armónicos hilos de la Vida, restan sólo abiertas las esclusas de la Muerte.

¡Oh! Ya sí que esperamos Rocío y yo con ansia los periódicos. Imposible hablar en nuestras tertulias de otra cosa que la guerra.

Alguien, que lee alto cada noche para la atención de los demás, hace correr lágrimas por las mejillas, al ver los llantos de las pobres Mary y Emma, que no saben de su padre. Ambas nos han hablado de una familia pariente suya, de Visé, á la cual escriben sin tener contestación, y cuyo jefe era un hombre que en fuerza de trabajo había logrado reunir un capital y construírse un hotelito, donde viviera feliz con su mujer y sus hijos, tres gentiles rubias, las mayores, entre ellos, de las cuales tienen y nos han mostrado los retratos; y una noche, cuando al azar de la lectura hemos escuchado los relatos de la toma de Visé, donde los invasores habían hundido á cañonazos las casas y fusilado á uno de cada tres vecinos, encarcelando á todos los demás para consagrarse mejor á una orgía de la que habrían resultado enloquecidas por la deshonra y la desesperación muchas madres, muchas vírgenes, y aun muertas las que sólo consintieron entregarles la vida con el honor á los asesinos de sus padres ó de sus esposos..., el frío del espanto y la piedad nos ha ahogado de congoja, al tiempo que hacía caer á Mary accidentada.

Están las dos hermanas con nosotros desde que las dejó el ausente, y retirada Mary á su habitación, la asistimos sin poder olvidar el cuadro de Visé, símbolo de todas las fierezas de la guerra.

Nos obsesiona, á través de la trágica incertidumbre, la suerte que les haya podido caber á ese honrado jefe de familia y á esas hijas cuyos retratos conocemos. Si viven, las infelices, compañeras y mártires con su propia madre, tal vez, de la obscena brutalidad de una noche del infierno; si no han perdido para siempre al menos el corazón y la razón en forma tal que no las quede sino el reír y el delirar de lo insensato; si por las humeantes ruinas de la ciudad, y entre los cadáveres podridos de las calles, con los espectros dolorosos de otras sacrificadas vírgenes, siguen aún buscando á su padre y sus hermanos..., ¿qué pensarán de la virtud, del pudor, de la bondad, de la dulzura y de la piedad para los niños..., de aquellas tantas cosas delicadas, dulces, nobles, que con tanto afán y por tantos años inculcáronlas sus padres desde la cuna misma, los sacerdotes en los templos y los maestros y los libros santos en la escuela...? ¿Que pensarán de la pureza inmaculada y de aquel aliento de respetos para todo y para todos con que educáronse sus almas en su hogar...? ¿Qué pensarán de la tremenda mentira que hiciéronlas creer acerca de la hidalguía de los hombres educados...? ¡Oh! ¡Si siquiera los que acaban de pasar rugiendo odio por encima de sus vidas y lujuria por encima de sus cuerpos hubiesen sido cafres y no europeos de un próximo país que á ellas en el colegio las mostraron como colmo y arquetipo de cultura y perfección...!

Y si vive aquel padre infeliz, que asistió á los rápidos desmoronamientos absolutos é implacables de su bien, cosa por cosa..., de su dicha y sus respetos, de su fortuna y su hogar, de su honra y de la honra y la vida de sus hijos...; si en su humillamiento y execración totales de vencido, mirando entre el desastre general el desastre de los que son carne de su carne y alma de su alma, y tienen pena, y tienen frío, y no tienen ni tendrán para comer y cobijarse, ha encontrado el esfuerzo que no le haga sucumbir, con otros como él, en la sima de ignominia..., ¿qué pensará de la ilustración, de la fraternidad, de la propiedad, de la sandez de los contratos y las leyes...? ¿Qué pensará de la honradez y de la eficacia del trabajo, y del amor á la sabiduría y al bien, que hubieron de infundirle los sabios y los libros...? ¿Qué pensará de las cándidas altezas del arte y de la ciencia, de la filosofía y de la poesía...? El y los otros desgraciados, si no mueren al bochorno de haber nacido á una vida tan inmunda; y los desgraciados honestos padres del mundo entero, que con el martirio de ellos se hayan estremecido de estupor, cuando puedan reflexionar habrá cada uno de creer amargamente que todos vivieron engañados en la farsa de los sabios y las leyes, que la bestia humanidad es irredimible y que el bien y la civilización no serán jamás sino dos embustes colosales en la bola de barbarie que habrá siempre de ser nuestro planeta.


Al volver ahora melancólicamente de la calma de estos campos, donde sabemos que se esconde el salvajismo, Rocío y yo no podemos contemplar nuestro chalet, riente con su blanca alegría de palos verdes, como una jaula entre las frondas, sin pensar que ya se encontraría destrozado á estar en Bélgica. Un miserable consuelo el de ese mayor salvajismo del mundo que se decía civilizado. No sólo no habríamos hallado en él ambiente propicio á nuestra obra de piedades, que ni siquiera el pequeño rincón de respeto para nuestro hogar, limitado á nuestro amor y nuestro hijo.

Un singular fenómeno registran los periódicos. Aquella indignación que por todas partes hubo de levantar la sorpresa de la guerra, alrededor de ella, y por todas partes también, se va cambiando en apasionado partidismo. Contágianse de ferocidad hasta los más pacíficos, y no queda de la lucha sino su aspecto teatral, su trágico interés.