¿Nos habríamos equivocado buscándoles á nuestras ansias de amor mayores perfecciones en la imitación de la cruel Naturaleza, huyendo del que nos pareció artificio de la vida ciudadana—donde bajo el miedo á arbitrarias leyes vive siquiera la impiedad suavizada en buenas formas?
A veces, departiendo con Herman Ferac y sus hijas, cuyo recuerdo de la dulce Bélgica no les permite entender el salvajismo de este rincón de España, llegamos á pensar si no debiéramos buscarle á nuestra empresa de amor un más propicio ambiente en otras tierras. Ellos nos hablan de Visé, en donde nacieron, y nosotros evocamos nuestras gratas memorias del Berlín monumental del orden y de las educaciones exquisitas, y de la Suiza, y de la misma Bélgica, cuyos verdes valles cuajados de hotelillos, de fábricas, de granjas, de puentes y telégrafos, hubieron de impresionarnos al correr de los trenes como olimpos ideales en que hubiéranse fundido los bienes del progreso á la sencillez idílica del campo.
Allí, sin haber la corrupción de las grandes urbes, no habría tampoco estos salvajismos del crimen bruto, cien veces peor que el crimen de guante blanco de París—domados los salvajes hombres y la salvaje Naturaleza por cuanto irradian de noble la cultura, la educación, la inteligencia—: allí, pues, serían posibles las santas prosperidades del trabajo sin tener que temer á cada instante, ni jamás, el vandálico atropello.
V
Los periódicos traen alarmas de una guerra europea, inminente.
No las creemos.
Herman Ferac, porque opina que la impediría el internacionalismo socialista. Los demás, bien avenidos con el statu quo de su trabajo, porque rechazan toda intervención social de lo violento. Yo, porque pienso que la misión de Europa, en el ciclo progresivo, habríase alzado muy por encima de las guerras cuyo objeto fuese el destrozo de sí misma; vasta y nobilísima labor de sus Ejércitos la difusión civilizadora, que sólo ella ha realizado y deberá acabar en el mundo, faltaríale la razón de los altos ideales, que siempre presidieron á las guerras de la Historia, al lanzar esos formidables Ejércitos unos contra otros entre próceres naciones que gozan de la misma civilización, de la misma religión, de la misma amplia libertad industrial y comercial, de idénticas costumbres y hasta del máximum de felicidad posible hoy sobre la tierra. El gesto de Austria hacia Servia, á la cual le pide cuentas del asesinato de un príncipe, provocando los enojos de Rusia, que á su vez suscitarían, en guerra de odios, los de Alemania, Francia é Inglaterra..., parécese demasiadamente al «si tú le pegas á ése, yo te pegaré á ti, y todos nos pegaremos» de los chiquillos díscolos ó de los bravos de profesión. Vengar la muerte de un hombre, habría de costar la vida de millones de hombres. No, no creemos las bélicas alarmas; no las creen tampoco esos millones y millones de hombres pacíficos que habrían de guerrear, que habrían de matarse, porque uno mató á otro.
Y sin embargo, pocos días después, la guerra estalla. Su verdad se impone como las furias de las tormentas estivales que llenan el cielo azul de truenos y de rayos.
¡¡La guerra!!
Austriacos sobre Belgrado. Rusos y franceses en las fronteras alemanas. Trombas de alemanes lanzadas hacia Rusia, hacia Francia, violando leyes y derechos con el fragor de las granadas á través de la Bélgica neutral. La guerra, la guerra llegando con su trastorno á todas partes, llegando con su dolor hasta nosotros. Una orden de la Legación de su país, hace partir como soldado de reserva á Herman Ferac, sin tiempo más que para llorar en los brazos de ellas y en los brazos nuestros el abandono de sus hijas.