Porque los atentados á la propiedad de las cosas y á la seguridad de las personas, desde que, al fin, hace un mes, fué sustituído por otro el juez indigno de Palmar, menudean, lejos de ir cediendo. El lunes estalló otro fuego en una era; no pasa semana sin que nuestros pastores tengan que sostener peleas á estacazos y pedradas con las siniestras patrullas, que vienen á insultarles procazmente, y anteayer mismo nos faltaron al trabajo, por expresa imposición del cacique de Palmar bajo pena de no ocuparlos más en el pueblo, los braceros que de un modo eventual en esta época de estío ayudan á las máquinas.
Mas... ¡oh! Tórnanos la alarma. Apenas transcurrido un cuarto de hora sin que cese el vocerío que pudimos creer de diversión, unos desgarradores gritos de mujeres que se acercan nos atraen á la ventana. Consternadas, corriendo delante de un disperso tumulto que aparece entre los árboles, conducen á un niño ensangrentado.—¿Qué pasa?—tenemos que interrogarnos—. Y como, sea lo que sea, es grave, porque vemos también á un hombre á quien los guardas aprisionan, al mismo tiempo que procuran defenderle de la agresión de varios armados de palos y navajas, y á otros hombres que transportan á uno exánime, tendido..., yo cojo al paso mi rifle, y escapo hacia el trágico barullo, sin poder impedir que Rocío venga tras de mí.
¿Qué pasa?... ¡Ah! Lo que pasa, lo que acaba de pasar rápida y brutalmente junto al río, en la alameda que aun está dentro de la dehesa, no tardan en decírnoslo las rabias ó los lamentos y las lágrimas de todos: una emboscada de miserables que aguardaban á los que regresaban de sus compras, para insultarlos, para escarnecerlos, para entablar, por último, una lucha á tiros, á puñaladas, á palos y mordiscos y patadas, de la cual han resultado dos de ellos heridos, heridos muchos más, niños y mujeres, y un muerto.
Día de horrible duelo. La sala de consulta que el médico tiene en la farmacia se convierte en hospital; otro departamento en cárcel de tres malvados, hasta que llega la guardia civil á recogerlos. Mary, Emma, María Teresa, todos, con Rocío, ayudan á las curas. El muerto era un honradísimo padre de familia, cuya mujer y una hija de trece años le velan como locas. El niño herido muere también..., poco antes de presentarse el Juzgado.
Día de horrible duelo, sí; días también de horrible pena los que siguen. Se nos ha ofrecido esta vez, desgraciadamente, ancho campo en que ejercer nuestra piedad. Pero la tristeza, la tristeza, casi el espanto, queda indeleble en nuestra alma. Nada importa que hallamos remediado con esplendidez el porvenir de los que han quedado sin padre, sin hijo, de los que sufren y no podrían por algún tiempo trabajar ó subvenir con su trabajo á cuidar bien á sus heridos, ante la horrenda verdad indudable, absurda, sin embargo, de que «nuestra obra de amor» haya producido dos muertos.
Los ojos cuajados de los muertos, los del niño sobre todo, mártir inocente, creyérase que nos persiguen acusándonos de haber venido con nuestra piedad á estas comarcas para emprender no una obra de amor, sino de torpeza. Esas dos existencias tronchadas, ¿de cuántas más para la expectativa del luctuoso porvenir serán el prólogo?
Nuestras ansias de bien y de paz han desencadenado los rencores que dormían bajo el dolor; han encendido la guerra. En vano la misma enorme impresión de los últimos sucesos parece haber mágicamente suspendido hacia La Joyosa toda hostilidad. Se trata de una tregua. Levantadas en masa las gentes del Palmar ante la inicua bestialidad del crimen, y comprendiendo que su culpa es del cacique que no sólo había lanzado á realizarlo á los diez ex presidiarios que él tenía mimados como guardas rurales y serenos, sino que además intenta sustraerlos á la acción de la justicia, hay públicos disturbios y diarias manifestaciones colectivas contra él, con amenazas de arrastrarlo; y la guardia civil reconcentrada para velar por el orden y favorecer la recta acción del juez especial, no siempre puede impedir las diarias colisiones en que van resultando más heridos.
La Naturaleza, la salvaje Naturaleza, que es impasiblemente bella, es también impasiblemente cruel; la humana vida debe serlo tanto más cuanto más persista con ella identificada, en salvajismo. Unicamente de tal modo logramos explicarnos en estas gentes la feroz crueldad, la grosera y torpe envidia y los criminales egoísmos que no es capaz de contener ninguna suerte de respetos: ni los humanos de la vida, ni los divinos de la gratitud, ni los sociales de las leyes. No contemplamos Rocío y yo con cobardía, en modo alguno, desde nuestra desorientación, el largo porvenir de lucha; pero sí con el desaliento de la posible inutilidad de nuestras quizá insensatas caridades.