¿Enconaré así la lucha que contra los odios y par mi parte yo quería que fuese de amor únicamente...? Lo ignoro. Las violencias, sin embargo, llegan á un punto que exige toda clase de defensas. Si oficial y descaradamente hay quien pretende arrollarnos con esas tropelías, aun son más numerosas y más graves, quizá, las que nos atacan sin cesar desde la sombra. De seis meses á la fecha, ó lo que es igual, á partir de la época en que empezaron las colonias nuevas, coincidiendo para el silvestre reyezuelo del Palmar con su derrota del reparto de Consumos, hemos tenido fuego tres veces: en los pinos de la sierra, era un almacén de máquinas y en los depósitos de corcho; hemos visto amanecer asolados un campo de mieses y una viña, y nos han destruído dos canales. Además, y muy particularmente, nos ha causado pena seguir descubriendo la ingratitud y la traición rastrera en nuestras gentes mismas. Aprovechándose del equívoco de las circunstancias anormales, ha fingido un día el administrador que tres facinerosos le robaron el caballo y una suma importante cobrada en una feria—burda farsa desvelada por las pesquisas con que la guardia civil averiguó que él propio le había vendido el caballo á unos gitanos—, y en la destrucción de los canales, imposible de realizar de otra manera, intervino un guarda nuestro, cuya pasividad fué comprada por soborno.

—¡No importa!—solemos convenir Rocío y yo á cada una de estas hazañas que de tarde en tarde nos turban la alegría—. Igual fueron nuestros enemigos esos labradores, esos otros caciques de Valdeleón y de Palmar, que ya son nuestros fieles aliados.

Siete pueblecillos nos circundan. Dos se han rendido en la dulce lucha del amor. Los más pequeños. Quedan cinco, formando un cantón, donde van exacerbándose y reconcentrándose los odios, y de los cuales el Palmar viene á ser la cabeza y el cacique del Palmar su irritado tiranuelo.

—¡No importa! ¡No importa!—repetimos.

Y con la fe de la bondad de nuestra obra contra toda clase de obcecadas rebeldías, con el perdón de nuestro amor dentro de la edénica belleza de los campos, que nos hace olvidar pronto las injurias, seguimos, seguimos por ellos gozando y amándonos y amándolo todo y riendo... sobre el mismo pesar de haber tenido que despedir al administrador y su familia, al guarda que consintió la destrucción de los canales y á otro que después sorprendimos vendiendo corcho de las pilas por su cuenta.

¡Ah, son tantas ya las vidas buenas que están junto á nosotros y que se podrían dañar de mal ejemplo!

—¿Qué pasa? ¿Qué es eso? ¿Qué suena?

Como Mary el día del ciclón, Rocío queda hoy en la mesa, escuchando.

Un tiro, y en seguida otro, y otro, y más, con un vago rumor de griterío. Los tiros siguen unos minutos; luego, cesan; pero sigue la algazara. Es en la vega. Un guarda ha cruzado á todo el correr de su jaca. Recordamos que ayer pasaron dos ciervas, fugitivas de algunos cazadores. Tranquilamente continuamos el almuerzo. Habrán vuelto á aparecer y las persiguen.

Otra idea nos había sobresaltado. Es sábado, día de gran concurrencia al economato; día de verdadera feria de todas las pobres gentes de alrededor, que ya por los caminos han sufrido recientemente vejaciones por parte de los mismos grupos mal fachados, de los mismos pagados infelices que sin duda incendian y asolan nuestros campos, y se comprende que al pronto sintiéramos el temor de cualquier nuevo atropello.