—¡Qué estupidez!
«Tu marido y Mary se entienden. Se ocupan más uno de otro que de la caza, en los puestos de perdiz. Fíjate en qué poco la importa á Mary enseñarle los muslos metiéndose en el río.»—Llegábanos en el correo, y procedería de cerca de nosotros. De Matilde, de la administradora, á no dudar. Dos semanas antes un conyugal escándalo que, en demanda de socorro, hízola escapar campo traviesa con la cara llena de arañazos, había dejado públicamente maltrecha su virtud. Parece que durante la época en que dominaron aquí como señores, tratándose á gran prosopopeya con los de los pueblos inmediatos, ella «se entendió» con el cacique del Palmar...; y el marido acababa de encontrar en un armario cartas y pruebas de que uno de los hijos no es suyo. Parece también que por hallarse el administrador con el rival no muy limpio de conciencia en lo respectivo á arriendos y negocios (lo que explicaría sus actuales desahogos de rentista), pasado el arrebato prefirió echarle tierra á la cuestión y perdonar á la traidora. Mas ya resultaba tarde para devolverla los prestigios. Rabiosa, pues, Matilde; perdidas en la consideración ajena las intachables aureolas de que tanto blasonó, con el anónimo á Rocío, y quizá con malignas insinuaciones sobre Mary á todo el mundo, buscaría nuevos escándalos que les igualase en tosca desvergüenza á los que no habían querido igualarla en virtuosa ostentación.
Tal suele ser la virtud de las rígidas burguesas..., lo mismo por los campos que por los aristocráticos salones...; ¡pobres Ineses que, muy honestamente baja la falda á los tobillos, esperan siempre á su Don Juan en el sofá!
Y claro es que Rocío y yo, delante de la grave Matilde, que más ó menos procesionalmente nos sigue acompañando en los paseos, seguimos sin tener por qué ocultarla que Mary va sola conmigo á los puestos y seguimos viéndola á Mary las piernas tantas veces como lo exigen sus inocentes distracciones.
¡Oh, las nobles desnudeces de las que pueden con un poco de inocencia desnudarse! ¡El cándido impudor de las que así saben perdonarlas hasta el torpe intento de la extensión de su maldad á las mujeres ruborosas...! Lo menos la mitad de los retratos que tengo de Rocío son de su desnudo, unas veces porque dentro de nuestras habitaciones la sorprendo en gentiles actitudes al bañarse, ó al salir del lecho y de mis brazos y postrarse en saludo de oraciones á la Virgen, ó al traerla Leopolda al niño, también sin ropas, y tenderse ella en el mullido de una alfombra á darle paganamente juguetona y perezosa de mamar...; otras veces, porque encerrado en la galería fotográfica hágola posar de viva estatua...; y estos retratos, cuando después los miramos al estereóscopo como vidas pequeñitas petrificadas en gracia y en belleza, dijérase que, á la plena gloria de su carne, son las imágenes del culto que desde la armonía de nuestro amor le puede tender incluso al odio de por fuera de nosotros la gracia y la belleza de todas las piedades.
Sí, sí, beben mis ojos y mi alma en la armónica belleza del alma y de la carne de Rocío el misterio de una nueva y humana religión inmensa de la vida, que á veces sube como inmortal desde mi corazón al cielo mismo por encima de la muerte.
—Mira—he llegado á concretarla uno de esos días en que ella le reza desnuda á la Virgen, que por algo tuvo entrañas de las que salió otra religión—, si el poco de materia que forma mi ser y forma tu beldad nos forma una conciencia, la totalidad material del Universo debe de formar otra conciencia: la de Dios. Al ser del Universo, cuyo alma es Dios, seríamos dioses; nuestro corazón es Dios; nuestra vida es Dios; y porque nuestra vida besa y ama es divina nuestra vida.
Con la emoción de que nuestro templo se nos reduce al alma, al corazón, á la humana vida que quiere y puede gozar su cielo de la tierra, nuestro cielo de la tierra, nuestro paraíso va rodeándose de otros paraísos. Aparte la colonia autónoma, que en las parcelas descuajadas de las rañas constituyen ya muchas familias convertidas en propietarios desde el último otoño, funcionan asociados, bajo mis auspicios, dos grupos de importantes labradores cuyas fincas lindan con la nuestra. Las máquinas y el capital de iniciación se los facilitamos mediante contratos de fácil cumplimiento.
Esto, y las peticiones de préstamos y socorros que se multiplicaban y llevábamos en un desorden que habría acabado por ser perturbador, nos ha inducido á instituír una suerte de pequeño Banco Agrario, cuyo objeto es proporcionar á mínimo interés semillas y dinero á cuantos, en relación ó no con nosotros, antes quedaban presos de la usura. Muchas veces, viendo la afluencia de gentes que por tan varios motivos acuden á La Joyosa, Rocío y yo nos hacemos notar de qué modo el trabajo, venturoso de sí mismo, en cuanto de él haya de porvenir nos garantiza una ventura indestructible; no ciframos su empeño en ambiciones expuestas al desastre; al revés, somos unos capitalistas cuya fácil tarea, cuya obsesión principal encamínase á la prosperidad de los extraños; y si mis técnicas iniciativas acrecen los rendimientos que han de aprovechar también á los demás, los cálculos y las numéricas prudencias de Rocío vigilan contra toda posibilidad de nuestra ruina. Ni un negocio ampliamos sin que la excelentísima comptable haya medido bien sus contingencias. Con el exceso del último balance hemos encargado máquinas más perfectas á Berlín. ¡Capitalizaciones de ganancias que extenderán á los demás el beneficio, sin dejar de quedar para nosotros! ¡Aritméticas del corazón de las cuales nada más sabe su maravilloso resultado el corazón!
Verdad es que á la creciente ola de gratitud no le faltan en torno, y aun dentro de ella misma (como los de Matilde) los enojos de los envidiosos y los de los soberbios y torpes egoístas que se creen perjudicados: tenderos que vendían el bacalao y el arroz á triple precio que en Madrid; prestamistas al mil por ciento y á la vista de ejecuciones judiciales; granjeros y labradores que ven despreciados sus malos productos por los nuestros; caciques que temen perder más cada día su influjo para el mal... Las amenazas nos llueven; los hechos en que muchas de ellas se resuelven, también. Hemos sido víctimas de una descomunal asignación en el reparto de Consumos (que al cabo me forzó á recurrir á las influencias de mi hermana para que el Gobierno provincial no lo aprobase), y la impunidad en que uno de estos jueces rurales va dejando á tres malvados que una tarde robaron á nuestro peatón del correo, camino del Palmar, acaba de obligarme á valerme asimismo de mi hermana para sustituír á dicho juez por un amigo.