Diez minutos después, el sol, en medio del cielo azul, alumbra con una calma de ironía la desolación de nuestros campos. Encinas y frutales tumbados, caídos los postes del teléfono y la luz, arrasada la huerta, casas con desperfectos. El hundimiento de una nave de la granja ha cogido á cinco operarios, fracturándole á uno las costillas; y sorprendidos sin amparo, hay más hombres y niños heridos, leves, por fortuna, y muertos muchos animales.
La Naturaleza ha querido mostrársenos, al fin, tal como ella es: bella, inmensa é impasiblemente bella; inmensa é impasiblemente feroz, también, si se pone á serlo. La sonrisa con que crea las hermosuras de sí propia sin cesar, puede trocarse en la siniestra insensatez con que á sí propia se destruye para volverlas á crear entre sonrisas.
Pero hasta la sonrisa de su amor oculta su impávida impiedad. Rocío y yo hemos aprendido á ver esto con nuestra atención ya despierta hasta á lo íntimo y fugaz de las más pequeñas cosas. Y ahora, cuando en los dulces días de paraíso nos sentamos bajo un árbol á descansar, á dejarnos penetrar por todos los poros de la vida en los aromas de las flores y las delicias serenas de las frondas y los aires, asimismo nos penetra la impresión de que todo es crimen, de que todo es muerte entre las mismas divinas y como santas armonías del aire, de las frondas, de las flores. Una abeja que liba una corola, roba, mata; mata, riendo sus trinos de alegría, el pájaro que busca abejas y larvas en la yerba; mata al pájaro un águila en las purezas del espacio, ó el gato montes en el ramaje de la encina donde le sorprende cantando sus amores, y acaso el gato montés no vuelva á sus guaridas de la sierra sino para ser la víctima de un lobo.
Un día, un hermoso día de la Naturaleza, alza sus triunfales himnos, pues, sobre la muda y perenne renovación de juventud que le constituye la incesante lucha de la vida y de la muerte.
La Naturaleza es cruel. Nuestras ansias persistentes de piedad han visto deshacerse en ella el templo de la religión de las piedades.
¿Dónde prendiéramos de nuevo aquellas ansias?
Hemos gustado demás las amplitudes de la vida, Rocío y yo; está asentada nuestra dicha demasiadamente en esa amplitud que se nos tiende por el alma y por la carne, que la hace á ella glorificar desnuda su amor en oraciones excelsas á la Virgen..., para que nuestro Dios y el de la Virgen que sonríe al amor de la pagana, pueda volver á ser aquel que en nuestra niñez adivinábamos oculto en un rincón del cielo, invisible contemplador irritado de su obra...; para que nuestro Dios pueda ya dejar de ser otro gran Dios espaciado con su bien y su alegría por los aires, por los ríos, por las montañas, estando igual en la piedad y la crueldad de nuestro corazón que en la piedad y la crueldad del Universo.
IV
Armonizados con la crueldad que nuestro paraíso nos impone, y que desde hace tiempo nos permite otra vez cortar flores, coger ranas y tirar tiros y cazar, seguros de que la perdiz herida por nosotros no tardará un gavilán, en devorarla abreviando su agonía (forma de piedad de la cruel Naturaleza), nuestra piedad, apartada de los brutos, concéntrase hacia nuestros semejantes más intensa.
Nada con ellos nos fuerza á ser crueles; ni la torpeza que se nos revuelve alrededor agresiva, y aun de algunos que sólo nos debían pagar en gratitud. Un día, por ejemplo, Rocío recibió un anónimo; lo leyó y me lo alargó sonriendo: