En todo así y en todas partes nos va acosando la visión de lo siniestro. Como el día en que el sacrificio del novillo le restó candor á la comunión de nuestras idílicas caricias á los toros, una sombra de perfidia vela al fin nuestro cándido recreo de cuidar á las aves del corral, de verlas cebadas y felices, no para que su felicidad sea parte de nuestra felicidad, sino para que vayan más sabrosas humeando á nuestra mesa ó valgan más en el mercado.

El corral, la granja, la dehesa toda, no son, pues, sino un criadero perenne de gallinas, de pavos, de palomas, de rebaños de corderos, de hatajos de cabras, de piaras de vacas y de cerdos, que á pesar del amor que por cuidarlos nos desvela pasarán en sangrientos mataderos á montones de cadáveres... Y cadáveres comemos; de cadáveres es nuestra comodidad, nuestra alegría, nuestra riqueza; de espectros y despojos de cadáveres están hechas nuestras ropas, nuestras botas y nuestros abrigos de piel..., y hasta no son sino cadáveres las flores del jardín que Rocío cultiva para cortarlas (matarlas) y adornar en nuestro comedor ó en nuestro lecho festines de la vida.

A veces intentamos hablar seriamente de estas cosas por encima de la desorientación de una felicidad que ya sabemos no formada por la de todo lo demás, y que, sin embargo, subsiste. A veces, no obstante, lo hallamos preferible, y bromeamos desde detrás del íntimo rubor que nos causa la contradicción, la incertidumbre.—«Toma—sonríeme Rocío—ese pedazo de cadáver de ternera, ese pedazo de cadáver de perdiz.»—Yo la sonrío prendiéndola en el pecho «el rojo cadáver de una rosa».—Pero ni la indulgencia de nuestro sonreír acierta siempre á dejar de contener el instintivo ímpetu que nos lanza á lo mejor tras una mariposa, ó el descuido con que marchamos por las sendas aplastando las orugas, las hormigas. Sólo con movernos dejamos la muerte bajo el pie.

Hemos perdido la ingenuidad, ya que no hemos perdido la ventura. Dijérase que un exceso de curiosidades del corazón nos ha forzado á morder el fruto de la ciencia del bien y del mal y que nuestro paraíso ya no tiene su inocencia.

Y esclavos del dolor de una piedad estéril, convictos reos de involuntaria brutalidad en medio de la Naturaleza, no logramos entender de qué modo su eterna y dulce religión de amor hubiera de seguirse.

—¿Qué es eso?

Como yo, como Leopolda, Mary y Emma, que almuerzan con nosotros, quedan suspensas en atención á la alarma de Rocío. Hemos oído estampidos y lejanos rumores formidables.

Suenan otra vez, y vamos á las ventanas. El sol luce en la pesada calma del ambiente; limpio el cielo, divisamos por encima del encinar una densa veladura que crece, que sube..., lúgubre polvareda de no se sabe qué ejército infernal que se acerca galopando.

Pero con tal arrollador ímpetu de furias, que, en menos que puede concebirlo nuestro asombro, por el fondo del valle se aproxima inundándolo todo, subiendo á los espacios, borrando las montañas. Vemos hacia nosotros correr despavoridas las vacas, las yeguas, en fuga insensata del peligro que presienten, y el aire levantado delante de lo horrible sacude la quietud de las hojas de los árboles, de las flores del jardín; primero es un estremecimiento, cual si también las flores y las hojas fueran despertándose al terror; luego un embate de vendaval que retuerce las ramas y las troncha, haciéndolas saltar de las encinas...; y árboles, casas, animales, pronto alcanzados, confúndense para no ser más que algo perdido sin remedio en el caos de negrura y de violencia que ya nos nubla el sol, que ya llega también á nosotros azotando bárbaramente en una lluvia de tierra la ventana.

Tenemos que cerrar. Se han arrancado los estores, y el vuelo de un lado del mantel ha lanzado al suelo la vajilla. Tiembla y se conmueve la casa y retumban los portazos en estrépito de cosas que se hunden ó se rompen. Los cristales trepidan á la granizada de arena y polvo que antes nos cegó, y á su través vemos un momento aun entre el turbio huracán volar por las alturas alambres y palos del teléfono, ramas desgajadas, tejas y persianas y tubos de chimenea arrancados de las viviendas de enfrente. Pero ya no divisamos nada en la luz de eclipse, de tinieblas. Se ha echado encima el ciclón y la fragorosa confusión de lo espantoso nos envuelve, zumbando, zumbando, sucia marea de piedras y de troncos que baten como arietes formidables los muros, los cuales gimen protegiéndonos de cuanto es ruina alrededor. Rocío ha ido á recogerse en un rincón, abrazada á nuestro hijo. Leopolda reza en otro fondo de la estancia...