La lluvia ha interrumpido la caza en estos días. Provistos de impermeables y botas recias, harto avezados á la intemperie, Rocío y yo no la tememos. Regresando de la granja por el borde de un arroyo espantamos un zorzal, que, al querer volar, abátese y se arrastra hacia unos juncos. Le cogemos; está herido... ¡Infeliz! Rocío le suelta horrorizada. Una municionada tremenda le ha saltado un ojo, le ha segado el pico y una pata, le ha partido las alas y le ha hecho un boquete enorme en la pechuga. Calado de agua, siniestro, abandonado quién sepa desde cuándo á su agonía, sin posible socorro de los suyos, ha quedado al fin inmóvil junto á un tronco, y nos mira como un espectro acusador. Sobre su dolor caen, tal que un llanto elegíaco, las gotas del ramaje.
Llanto que es de amargura del cielo para nuestra tardía piedad, más inicua. Así habrá por el campo muchas perdices mal heridas por nosotros, y nos las figuramos arrastradas también hasta sus nidos, muriendo lentamente al pie de los hijuelos en la tragedia de su sangre.
—¡Mátale!—suplícame Rocío.
No acierto á obedecer. Al ir ella otra vez á cogerle para, considerar si podría salvarle, el zorzal salta y cae al arroyo. La corriente se le lleva; más impávidamente compasiva que nosotros le ahogará.
Nos miramos é intentamos sonreír disimulándonos la angustia que puede ser sensiblería...; mas, ¡ah!..., están solas nuestras conciencias, capaces de todos los remordimientos infinitos, y el alarde de sonrisas deshácese en la pena de una lágrima.
Inútilmente vuelve con el buen tiempo la animación de cazadores. Disculpados de cualquier modo, no formamos ya en las gozosas cabalgatas. Se reirían si supiesen el motivo, como nosotros mismos nos reímos de nuestra perpleja envidia viéndoles partir; porque, en verdad, la cordial repugnancia á un placer que se funda en la crueldad, no evita que algo quizá implacablemente salvaje de nuestro ser añore las alegrías de las tardes en la sierra, de las locas matanzas de perdices.
¿Cómo con ello podíamos sentir el gozo de una diversión sencilla, casi patriarcal, casi santa, y quién nos habría dicho que la lágrima de duelo ante un pobre pajarillo hubiese de persistir en nuestras almas como minúscula lente á cuyo través hemos visto enturbiarse no sólo aquel placer, sino toda la serenidad de nuestra dicha?
Inmensa la que respiramos, no ha podido destruírse; pero está desorientada sobre el fondo doloroso descubierto en ella propia. Creíamosla forjada del amor que nuestros corazones vertiésenle á todo alrededor, y aquellas lágrimas piadosas, por contradicción incomprensible, han venido á amargarla tal que las gotas de un veneno las linfas de una fuente.
No podemos mirar nada ahora sin percibir el daño que á pesar nuestro repartimos. Pensando trocar la mansa ferocidad de aquellas cacerías por la sencilla distracción de los paseos con Mary y Emma, en cuanto ellas se entraban á pescar en los charcos comprendimos que no son las ranas y los peces menos dignos de compasión que las perdices.