—¿Vamos, Mary?

Nos despiden las dos bravas Dianas, burlándose. Partimos, cada cual hacia su sitio. El jaral nos traga, azotándonos con la miel de sus hojas y sus flores. A los veinte pasos no nos vemos. A los diez minutos, al llegar al puesto, diríase que nos hemos alejado unos de otros muchas leguas. Situamos sobre una lentisca la jaula; tendemos una manta, acomodándonos lo mejor posible en el estrecho púlpito de romeros y chaparros, abierto al cielo nada más, y Mary procura mantenerse correcta al lado mío.—Sin embargo, al desafío del de la jaula tardan, poco en responder los perdigones del campo, cerca, lejos, por todas partes..., y, al sentir que se aproximan, ella inclínase á espiar por la mirilla el instante en que habrán de aparecer para verlos rodar entre el humo del disparo. La alegría nos vuelve enteramente niños, en un total descuido de si se tocan nuestros hombros ó me rozan los rizos rubios de su frente. «¡Una!», «¡dos!», «¡cinco!»—va contando, según tumbo las perdices; y hay ratos en que la trémula zozobra hacia otras que van á entrar nos petrifica de tal modo en la violenta posición que une nuestros cuerpos cuando cargo á escape la escopeta, que por no espantarlas ella no se mueve.

La idea de la comodidad, no la del pudor intempestivo, impúlsala después á rectificar sus abandonos. Apártase, tiéndese la falda á la pierna, tal vez hasta la mitad advertida al aire..., y la tarde continúa transcurriendo con un infinito dulzor en cuya calma suenan siempre el cantar de las perdices y los tiros lejanos de las otras cazadoras... Contándolos también, el afán de Mary es que no nos aventajen. No siempre la suerte lo permite. Ahuyentan la caza con facilidad un leñador que pasa, un zorro que se acerca hipando, un águila que se cierne por el cielo. Cada ruido engaña en la distancia y toma en las soledades de la sierra proporciones monstruosas. Cazando al salto se nos echó encima el administrador una tarde, con sus perros, y el trasteo que en las malezas armaban nos pareció el de veinte jabalíes... Nos alzamos alarmados, y él se asombró de vernos surgir del nido de ramaje como de una caja de sorpresas...

El retorno á través de la noche fría, es de animadísimos comentarios, que luego proseguimos con los demás en las cinegéticas veladas que ahora sustituyen á las del cine y de los bailes. Arde la leña en el salón, duermen al calor Centella y Nínive, quedan los rincones llenos de cananas y escopetas, y bien visibles en la campana de la chimenea cuelga Rocío las ringleras de perdices. Don Luis, el médico, el maestro, van llegando. La concurrencia neutral se apercibe al griterío de las polémicas, y cada cual, acusando al otro de «comprarle la caza en el camino á los corsarios», exageramos ó mentimos, que es una bendición, nuestras proezas.

Pero una noche tomó la discusión sesgos inquietantes. Se nos tildaba de «asesinos». Gran rondador de reses uno de los maestros de la granja, oponíale sus luchas con los jabalíes y con los lobos á nuestras matanzas de perdices. Argüíamos que precisamente el riesgo le quitaba á aquéllo el carácter de inocente y noble diversión, y él, sobre encontrar la nuestra monótona, aburrida, negábale hasta la inocencia y la nobleza: matando lobos se descastaban los campos de feroces alimañas..., ¿qué nobleza, en cambio, habría en atraer con engaño á una perdiz? ¿Qué inocencia en matarla á mansalva, cuando acudía dichosa al amor del macho prisionero?

No nos parecía tampoco muy salvado en noblezas el maestro de la granja porque esperase á los lobos, que no tienen, como él, un fusil; mas no por esto, al retirarnos á dormir y besar en la cuna á nuestro hijo, Rocío dejó de lamentarse:

—La verdad es, Alvaro, que... ¡cuántos nidos de polluelos habrá ahora sin padres por nosotros!

Y en los días siguientes, no ha podido ser tan loco nuestro encanto de las tardes.