Nos riñe cómicamente púdica Leopolda, alarmada de oírnos, á besos, decir á toda hora que habremos de tener muchos chiquillos..., y yo salgo con una dichosísima sensación que aun más me dulcifica, pensando en las inmensas noches de amor de la amorosa, mis dulces trabajos de la granja.

Actualmente construímos un molino de harinas á vapor, porque no basta el del río, y ampliamos los hornos de pan, el matadero, el botiquín, al frente del cual hemos puesto á un farmacéutico, y la especie de cooperativa, que regenta el cura. Es que se extiende fuera de La Joyosa nuestra acción. No debíamos negar la ventaja de los bajos precios á los que, al saber nuestro esplendor, iban viniendo de los pueblos inmediatos á surtirse, y los sábados, en especial, fórmase una feria de gentes que se llevan incluso la carne y el pan para toda la semana.

Pero el trabajo, las cinco horas de trabajo aparte consagradas al ajeno bien tanto como al propio, el noble trabajo que tampoco al lado nuestro pesa en nadie abrumador, nos vuelve siempre, y vuelve á muchos de los demás, el gusto loco de las campestres expansiones.

Nos hemos hecho cazadores de perdiz. Desde que se acaba de comer, á prisa, porque tal manía llega á pasión en varios, empieza, al bello sol de las encinas, una extraña animación. El médico cruza el primero, con el reclamo á la espalda, en su jaca; á Rocío y á mí nos esperan los caballos y los mozos; en una mula roja el maestro, y en una yegua blanca el cura, se pierden hacia buenos sitios, que ellos presumen de conocer únicamente, y Mary y Emma, que han de unirse con nosotros á la puerta de su casa, preparan las pacíficas borricas de mantas, escopetas y trebejos.

—¡Hala!... ¡Aire!... ¡Emma, niña!... ¡Vamos!—grítala Rocío, impaciente, por un sport que halaga sus aficiones selváticas y su habilidad de tiradora.

Ni á mí me aguarda si tardo en ordenar cartuchos y correas. Monta y aléjase á esperarnos en mitad del encinar. Solemos encontrarla jugueteando desde el potro con Careto, el negro novillo, ya casi un toro, de rizada testuz y finas astas.

Solíamos encontrarla jugueteando con él, mejor dicho; porque una tarde el pobre Careto no acudió á las voces de su amiga. Le había tocado el turno de morir para abastecer á la colonia. No comimos carne aquella noche. Hubiésemos creído devorar algo de nosotros mismos, de nuestra piedad tendida al mísero animal, tan mimado y tan dichoso. «¡Cómo pensar que fuesen á matarle!»—«¡Claro, mujer, como á los otros! ¡Si al menos hubiésemos cuidado de avisar que le dejaran!»... Cómicamente afligidos, nos cruzaba el recelo ingenuo de estar siendo, en mitad de la Naturaleza bondadosa, unos bárbaros hipócritas que criasen á las bestias con cariño sin otro objeto que su muerte. Y ogros, monstruos los dos, nos sonreímos, nos sonreímos; mas no hemos podido volver á poner tantos fervores de inocencia en nuestra comunión de vida santa con las ovejas, con las cabras, con los toros.

¿Subsistirá en Rocío el mismo remordimiento de traición cuando se monta en el caballo y le acaricia á palmaditas?... No lo sé. Dos candorosas bestias más rendidas contra su voluntad á nuestro arbitrio. El terrible problema de saber por qué debieran estar excluídos del humano corazón el despotismo y la crueldad hacia todo, vuelve á nuestras almas, un poco avergonzadas de no acertar ó no poder seguir á la Naturaleza en su plácida religión del bien. Seríamos los humanos perversos, entre todos los seres, por excepción, aun siendo, asimismo, por excepción, inteligentes...; y la inteligencia, pues, resultaría castigo mejor que excelsitud. ¿Por qué no podemos ser buenos? ¿Por qué nuestra superioridad ha de emplearse en lo tirano ó lo feroz?... Cierto estoy de que si la dirigiese á la piadosa estas preguntas, de nuevo veríase constreñida á confesar igual que yo:—«¡No sé por qué! ¡No sé por qué!»

Pero... dejamos pesar en la esclavitud de las caballos la vaga pesadumbre de habernos descubierto menos buenos que creíamos, y con la evidencia también de que la piedad, la piedad, la piedad que hubiese querido desbordársenos desde las gentes á las bestias y á las aves, ha encontrado un límite..., procuramos, charlando con los demás, olvidar estas torturas, en la media hora de camino por los vergeles de la dehesa hacia nuestra bella diversión.

Internándonos al fin otra media hora en la abrupta soledad de las montañas, echamos pie á tierra. Sería siniestro el abandono de los bravíos parajes de lobos si no fuese tanta su hermosura. Tal vez Mary mata poca caza por su inquietud á la eventualidad de un lobo en cuanto se ve sola, desamparada de nosotros, y á menudo la invito á acompañarme—ya que su hermana y Rocío son irreductiblemente independientes.