III

«Debiese haber pintores de albas»—le oí una vez á Rocío—. Y según puedo, torpemente, no mal del todo, sin embargo, á fuerza de paciencia, desde hace días me levanto con estrellas y voy fijando en un gran lienzo la impresión del amanecer primaveral en nuestro bello paraíso. Pero sale pronto el sol, la veo en el silencio de sueño de la casa aparecer blanca, eucarística como una imagen de altar que pudiese andar corriendo por su templo, y dejo los pinceles. En la misma terraza, sobre una mesita de flores, devoramos la manteca y el café. Acuden los tres gatos á subírsenos encima. Con ellos juegan Centella, un galgo, y Nínive, una setter. Poco á poco van sonando fuera los balidos de los rebaños, los cencerros de las vacas, de las yuntas. La vida se despierta alrededor.

Leopolda vigila á las criadas. Nosotros cogemos cestas, y cruzando el jardín, y seguidos por los gatos y los perros, le aportamos á la volatería su provisión. Rocío está ensayando una granja avícola, para instalar otra en regla, ya experimentada. Abre las alambradas, y capitaneadas por sus gallos van saliendo al centro del corral las Prat, las Guineas pintadas, las rubias Wiendot, las negras castellanas de roja cresta, las gigantescas Horpington. Un mar de vidas de pluma que nos acosan, que no nos dejan movernos, y al que llegan los voraces pavos, los patos, los gansos, más torpes y tardíos..., las palomas á densísimas bandadas, aposándosenos en los brazos y los hombros... Arrojándoles al fin todo el trigo, tenemos que huír del escándalo de cacareos y picotazos.

¡Oh, sí, nuestros pobres animales son felices! Su felicidad forja algo de la nuestra, como la lozanía, de las bien cuidadas flores. Estas pagan calladamente nuestro amor con sus aromas. Perdidos por los macizos, Rocío párase á regar; el sol pinta el iris en la lluvia de la manga; y yo la encuentro á veces tan idealmente bella contra los fondos de rosas á través de los policromas velos de cristal..., que abandonando mis podas corro por el veráscopo y en placas de color obtengo espléndidos retratos de la divina jardinera.

—¡Quieta! ¡Quieta!—la sorprendo.

Y me sonríe de gratitud de verme preocupado en cuanto es su adoración.

Guardo suyas más de mil fotografías. Prosigue su tarea, y á menudo el éxtasis me obliga á sentarme en un escondido banco á contemplarla. Tengo un amor, tengo el amor. No sabrían comprender lo que tal cosa significa aquellos para quienes el amor representa algo socialmente accesorio, como una esposa de hastío, frívolamente elegante como una linda querida, ó al revés, trágicamente brutal como las lujurias que asesinan ó la ciega pasión por la cual serían capaces de matar y de matarse. Mi amor es la clave de todas las grandezas y dulzuras de la vida, y él me impregna de la eternidad de la ventura capaz de desbordarse á todo en torno nuestro. ¡Ah, Rocío, dulce compañera amada, esposa-amante en perpetua luna de mieles de la gloria!... Tu belleza, tu talento, tu bondad, complementan la humana, vida que Dios quiso partir entre el hombre y la mujer á fin de que, sólo fundiéndose, pueda integrarse encendida en la luz de amor del Universo. En tu ingenuidad de niña salvada del dolor aprendieron los dolores míos á gozar, á reír, á adorar igual lo inmenso que lo nimio.

Hasta materialmente parece nuestro hogar una expansión de nuestro ser. Todo está calculado para la comodidad sencilla, en una armonía casi rústica, sin lujos ni abrumos de suntuosos muebles que sólo servirían para estorbarnos. Camas y lavabos y divanes rectos, claros, en los dormitorios, de gusto inglés; anchas mesas en el comedor y en los despachos, una biblioteca-salón de butacas y de amable chimenea para el invierno, que es casi cocina, y por el hall, por el billar, por mi galería fotográfica y por todas partes flores, luz, alegría de anchos ventanales abiertos hacia el campo.

Advierte al fin mi feliz contemplación la animosa jardinera, y, llamándome holgazán, me invita á llenar los cestitos de fresones. Otras veces se sienta conmigo y me besa. Charlamos, entonces. Y nuestras charlas, nuestra labor del jardín, en que continuaríamos perdidamente como en cualesquiera otras de nuestra dicha sin tiempo ni medida, interrúmpelas Leopolda al avisarnos que despierta nuestro hijo. Corremos, á ver quién lo saca de la cuna; llego antes; paséole victorioso sin querer soltarle, y enojada la mamá-niña nos castiga con besos á los dos. El goza luego en la bañera. Manoteando, nos salpica. Le sujetamos por un brazo cada uno: es un rollo de alabastro, de carne tan fina que se escapa como un pez. El último antojo de Rocío, antes de ir á su inteligente trabajo con las belgas, cífrase en vestir y adornar al pequeño Jaime, que tiene el nombre del padre de ella, y de ella la belleza de ojos claros. Nos lo disputamos tanto, que ya en estos besos, y hasta delante de Leopolda, le vamos pensando el nombre á otro..., á otra, que quiere la siempre apasionada.

—Será niña, ¿sabes?—me previene.