¿Sabe que Rocío no es mi mujer, y funda en ello sus pretendidas superioridades de honesta?... No es de creerlo; ni para esta especie de lugareña emperatriz que se pinta, que no abandona sus empaques de porte y de corsé y los zapatos de charol, cuyo marido no vió nunca en Madrid á Laura, ni para ninguno de estos pueblos y estas tierras donde no estuvo Laura jamás. Sólo la discreción de mi hermana Elena, porque yo se lo escribí, conoce el secreto de mi dicha.—Aunque, por lo demás, que trascendiese ó no, nos fuese indiferente: aquí es nuestro amor ley divina por encima de las gentes y las cosas, igual que las brisas y las lluvias y el cielo azul y el perfume de las flores.
Manías inofensivas, al fin, de una pobre vanidad tanto más fácilmente halagable cuanto que nadie se preocupa de semejantes competencias. Es decir, un poco la hace el juego, y trata de emularla, la inquieta y pálida maestrita. Celosas ambas del afecto que la comunidad del trabajo en la oficina acrece entre Rocío y las belgas; celosas sobre todo de la delicadísima belleza de las tres y de su buena armonía con la modestia gentil de las demás de la colonia, ellas forman espiritual cantón aparte, no obstante el afán de Rocío por impedirlo.
Mary Ferac tiene diez y ocho años; Emma, quince. Rubias las dos como la estopa, poseen la misma ingenuidad de Rocío y coinciden en sus gestos de indómitas chiquillas lanzadas á la plena libertad. Almuerzan á menudo en nuestra mesa. Los lunes y los jueves van á una academia improvisada en un saloncito de la granja, donde yo les enseño Agricultura á mozuelos y mozuelas que estén siquiera versados en leer y en escribir; el cura, principios de Moral, Historia y Geografía; el médico, algo de Física y Química é Higiene; Ferac aplicaciones de las máquinas, y ellas, Mecanografía y Contabilidad y hasta Francés á algunos aplicados (plantel de futuros labradores que se sabrán regir y administrar...); y puesto que ellas terminan antes que yo, salen juntas á esperarme por el campo.
Unas tardes las encuentro descalzas, metidas en los arroyos con la falda á media pierna, cogiendo ranas y peces debajo de las piedras; Leopolda cuida de nuestro nene, y aun diríase que tiene que cuidar de las audaces que gritan al verse en trances apurados; desde lejos me guían sus risas y chillidos, y las ayudo á pescar, descalzándome también. Otras tardes es un tiroteo incesante el que me lleva á encontrarlas, y las descubro en la vega tumbando al vuelo abejarrucos. Adiéstranse en la escopeta; yo enseñé á Rocío, y la experta tiradora les transmite á Emma y Mary su pasión. Mary apunta mal; es tímida; al disparar cierra los ojos.
O avisadas por el fragor del tiroteo, ó porque salgan desde luego con nosotros, algunos de estos regocijos los comparten y presencian las demás de la colonia. Matilde y María Jesús, la maestrita, del brazo y en actitud de procesión, muy estiradas de pendientes y sortijas y corsés y vestidas lo mejor que pueden, forman la nota grave, que desde la dignidad de sus sonrisas parecen condenar las locas algazaras. Marchan, se pasean, se sientan solemnemente. A cada escopetazo vuelven la cabeza como damas educadísimas que por nada del mundo imitarían á las salvajes; y si Rocío y Mary y Emma desnúdanse los pies, acompañadas por las otras, lanzándose á los arroyos por las ranas, ellas dos se bajan más la falda á los zapatos—virtudes que moriríanse de rubor si yo las viese los tobillos.
Pero una tarde no fueron ranas ni arroyos la tentación de las salvajes hechiceras. Al lado allá del vado del río descubrieron un vergel de peonías granate, y osadas resolviéronse á arrasarlo; pronto dejadas en el adelfal las botas y las medias, aventuráronse por la panda corriente cuyos guijarros lastimábanlas los pies. Algunas de las que las seguían (y entre ellas María Jesús, no siempre libre de los contagios de alborozo), tuvieron que retroceder desde la mitad del vado, un poco hondo, y en donde el agua comba despeñábase violenta. Las aturdidas no hacían caso á las prudentes indicaciones de Herman, ni á las mías. Llegaron, fué aquello una embriaguez de coger flores á brazadas, y con ellas en triunfo volvió Rocío la primera. Desorientada Mary por el ancho pedregal, metióse en una profundidad que aumentaba á cada instante. Todos reíamos mirándola cómicamente parada en el aprieto; su padre entró á guiarla de la mano..., y hubo momentos en que ella, por no mojar las ropas, mostró la blanca desnudez de la pierna hasta más de la rodilla...
—¡Qué horror!—comentó junto á mí Matilde—. ¡Delante de usted, esa niña! ¡Qué poca vergüenza!
Hallábase tal vez más irritada por la defección de María Jesús, que aún continuaba gozosamente descalza por la arena, y me limité á corregir severo y dulce:
—No, Matilde..., diga usted «qué candor», más bien.
Y en esa tarde, detrás del triunfo de las flores que conducían en grandes ramos las bellas vidas de contento y de juventud, detrás de la torva Matilde aprisionada en los rígidos y ridículos prejuicios de sus lazos y sus joyas; yo, volviendo á la paz de amor de nuestras casas por el verde paraíso que endulza el ámbar rosa del crepúsculo, entre las yeguas, entre las vacas, entre los toros, bajo el vuelo pausado de las tórtolas y el trinar de ruiseñores y de mirlos, más que nunca fuí sintiendo en la conciencia la recta convicción de que al fin, sí sé por qué se debe ser bueno y limpio de corazón en mitad de la Naturaleza, que es infinitamente bondadosa, que es infinitamente noble é inocente, y que dándonos, en efecto, el candor de poder mirar en las mismas desnudas inocencias á las mujeres que á las aves, á las almas que á las rocas, reserva para quienes tuercen y torturan su religión y su misma vida con férreos torniquetes de artificio toda la perversión del dolor, de lo cruel, de la falta de piedad y de alegría, de lo negro, del pecado.