—¡Oh! ¡Qué bien..., si pudiéramos bañarnos y jugar á que nos pasasen sobre el lomo á la otra orilla!

Niña de timidez de alma y de bravura singular que ama con igual delicadeza lo infinitamente suave y lo violento, que gusta de jugar con las rosas, con los niños y los toros. Para adornar la mesa suele cortar haces de flores en el paraíso del valle que las brinda en todo tiempo, y muchas veces la veo volver dándole avena y rascándole el testuz á un novillo negro que la sigue con una carga en las costillas.

Es el que curamos hace meses. Se llama Careto. Acude así que gritamos su nombre en mitad del encinar.

Recorremos la dehesa á caballo. Las majadas, donde nos ladran los mastines; vemos los carneros de razas gigantescas y hablamos con los pastores, que escuchan mis consejos. Sus chozas han sido sustituídas por cómodas viviendas de cuatro ó cinco habitaciones, y ellos y sus familias respiran bienestar. Más adelante, los cerdos, que reúnense á la voz del mayoral con ruidosas algazaras que se le antojan á Rocío «manifestaciones de estudiantes». Alejándonos siempre, inspeccionamos los campos de regadío en que ya hemos transformado 670 hectáreas de la vega, aumentando un 500 por 100 la producción de cereales y tréboles y alfalfa. En tablares nuevos ensayo con abonos nuevos la remolacha de forraje. Guarda un almacén los instrumentos de labor, y sobre el pavés de los prados tienen también sus limpios albergues los gañanes y el encargado de los canales y la bomba.

Para visitar los olivares y viñedos, el alcornocal y los pinares donde se desmochan ó se cortan árboles de siglos, salvamos las montañas..., siempre salpicadas de las casitas nuevas que les permiten á estas gentes vivir con dignidad. Hemos procurado instalar cerca de nosotros, cerca de la escuela, á los que tienen niños, y los guardas vigilan, más que los hurtos de la leña, la seguridad de los muchachos. En todas partes nos obsequian, sentándonos bajo los emparrados, mostrándonos su cariñosa gratitud. Subidos á cuatro pesetas diarias los jornales, incluso de los pastores, que antes percibían once duros al año y un poco de aceite y sal cada semana..., al tipo de costo, además, y á todo el mundo, se le facilita pan y carne en el horno y el matadero de la finca, otros productos de primera necesidad en la especie de economato que rige el cura, y tierras para su propiedad en rañas extensísimas, adquiridas por nosotros alrededor de La Joyosa á bajo precio, y que ellos, cuando pueden, descuajan con bueyes y vertederas que gratuitamente se les ceden. Así, futuros propietarios, atendidos sin dispendio en los servicios de médico y de escuela y con leve gasto en sus necesidades cotidianas, ahorran, se hacen limpios, están alegres y hacia nosotros rebosan de bondad sus corazones.

Pero la satisfacción se nos turba ante el dolor de otras gentes que al regreso vamos encontrando. Son los trabajadores de las próximas aldeas. Caravanas de hambre y fatiga; hombres y mujeres, mozas como viejas, que vienen de matarse por un ínfimo jornal. Nuestro paraíso está rodeado, pues, está el mismo cruzado por espectros del tormento...; y no podemos traer á tanto desdichado con nosotros. Refrenamos los caballos. Nos cuentan sus horrores. Ganan dos reales; gastan más que en comer en impuestos y en botica, y siempre extenuados, siempre enfermos de la fiebre, el hospital, el lejano hospital de la provincia es, á un tiempo, su horror y su esperanza. Unos nos conocen, y ahorrándose con el encuentro la vergüenza de venir expresamente, nos piden para trasladar al hospital al hijo ó á la madre; otros no nos conocen, y espontáneamente les causamos el asombro de un puñado de pesetas por limosna.

Mas ¡oh! nos apena tener que dar de limosna lo que por derecho de su esfuerzo merecerían tantos infelices, tantos infelices como dejarían de serlo si un poco de inteligente actividad por todas partes les fuese cercenando los jarales á los lobos para dárselos á los hombres en tierras productivas, y Rocío y yo hemos intentado inútilmente reunir y convencer de aquella urgencia, en nuestra granja y nuestros campos, á los ricos—que ociosos en el Casino de sus pueblos se espantan el tedio á bostezos y á manotazos las moscas. Vienen algunos, sorpréndense de la lozanía de los sembrados, del tamaño de un carnero ó del brillo de las máquinas..., y afirmando que ésto necesita un capital y un espíritu de asociación que no existe en la comarca; que yo me arruinaré, que yo hago mal al acostumbrar á los gañanes á mimos y sueldos de marqueses; terminan con compasivo sonreír sin atreverse á expresar que les parecemos dos tontos de remate.

Bien. Rocío y yo esperamos que el ejemplo á la larga les decida. Pero mientras, ¡qué pena que siga el río perdiéndose hacia el mar, y que sigan las rañas llenas de lobos menos hambrientos que los hombres!

Tratando de olvidar en nuestro paraíso lo que no podemos remediar por nosotros propios, desde esas visitas, que solemos tener los domingos, nos vamos al tennis y al skaating á jugar y á patinar con las belgas, con la maestrita y los demás, llenándolo todo de risas y alegrías, ó desde aquellas excursiones y á la espera de la cena quedamos en la terraza, adonde las familias de los próximos chalets vienen á formarnos diarias y animadísimas tertulias. Unas veces, sobre la sensación de nuestra paz, generalizamos acerca de un porvenir aun más dichoso para el mundo, y surgen bizarras discusiones con el entusiasmo de Herman Ferac, el belga, que es socialista. Pronto, sin embargo, las corta el estruendo de las músicas y las canciones juveniles. Nuestra vida social se caracteriza por la cordialidad, por la llaneza. A lo mejor Rocío sepárase con las hijas de Ferac y la del maestro y del médico á oírles cuentos á una zagalilla, ó si nuestro hijo está despierto le cogen entre todas y le llevan en volandas. Hay en la reunión quienes cantan y quienes tañen diversos instrumentos, y no es difícil reunir orquestas de mandolinas y guitarras, á cuyo son van llegando al pie de la escalinata mozuelos y pastorcillas que forman bailes, como para no acabarse nunca, en la glorieta del jardín; Rocío, Mary y Emma Ferac y las otras jóvenes, entre el alboroto de castañuelas y almireces que refuerza la música, complácense en participar de sus jotas y fandangos. Pero lo que principalmente les atrae y les causa un encanto de estupor, es el gramófono, que hacemos sonar algunas noches, ó el cinematógrafo que se proyecta desde dentro del hotel á una pantalla. A nosotros nos divierte el remedo más ó menos fiel de la Paretto, de Anselmi, de Stracchiari, de los valses y las marchas de bandas célebres y la ilusión de exóticos paisajes y escenas..., y el rústico concurso no acierta á comprender que no hayamos escondido tras la bocina ó el telón todo un montón de cantantes y tambores y cornetas y de hombres y de cosas que se mueven. Tal que al teléfono y á la luz voltaica que ven fulgir encima de ellos «sin mecha y sin aceite», se acostumbran poco á poco el diabólico misterio de la vida sin la vida, de la música sin músicos.

A las diez, desfilan. Las veladas nos dejan en la infinita noche una serenidad inmensa de plástica ventura compartida dulcemente. Sin embargo, aun á este pequeño mundo de selección que nos rodea es lógico que le reste algo de su torpeza tradicional, y nuestros ojos tienen, compasivos, que cerrarse para fingir que no lo advierten. El administrador y su esposa, por ejemplo, mal hallados con haber perdido su altivo señorío en la finca, á pesar de nuestras generosidades, preferirían su antigua independencia; se le adivina á él la hostil pasividad ante no importa qué iniciativas mías, deseoso de un desastre que me volviese á alejar de aquí tornándole sus dominios, y ella, Matilde, una no fea aunque demasiado gorda morena de cuarenta años, muy metida en burguesa seriedad, aspira en todo instante nada menos que á rivalizar con Rocío en distinción é incluso en belleza y juventud.