Un día la sorprendí entregándole cincuenta pesetas á una forastera que vino á pedirlas, llorando, como ya otras de su aldea y de otras circundantes, para ir á que operasen á una hija suya en la ciudad; al verme la caritativa, se avergonzó, tal vez porque sabe que yo hubiese dado el doble... Y este es el ángel, ruboroso de su piedad misma, de quien la infamia social pudo hacer la querida miserable que en Roma, á escondidas del esposo, le entregaba dinero á un asesino.


Madrid. Roma. Nueva York.

¡Oh, sí!

¡Qué lejos estamos de vuestro vértigo, de vuestra crueldad, de vuestros crímenes!

La Naturaleza es nuestro templo abierto de Dios y de la vida.

La Naturaleza nos infiltra de santidades de romero y de Universo, arrancándole letanías de adoración á nuestra enorme gratitud. Porque la Naturaleza es toda ella bondad, toda ella belleza, toda ella candor; porque la Naturaleza es la única religión de altísima moral capaz de condenar con sus dulzuras el extravío de crueldad de los humanos.

II

Nuestro chalet, blanco, de tejados de pizarra, de anchos ventanales, que al salir y al ponerse incendia el sol, de aleros y terrazas y palos verdes, se alza en la colina entre los de las familias que comparten nuestros gozos: la del cura que toca el esquilón de la ermita los días de fiesta y trabaja también en otras cosas y caza los demás; la del médico, que vigila la higiene y la salud de la colonia; la del administrador, hoy convertido en mi ayudante; la de un mecánico belga, viudo, que va aprendiendo el español, cuyas dos bellas hijas ayudan á Rocío en la contabilidad, y que cuida de las máquinas; la del capataz de cultivos; las de tres jefes de talleres; las de la maestra y del maestro de escuela que educan á los setenta niños de los guardas y operarios y pastores repartidos por la dehesa.

Sigue en amplias alas á esta instalación la de la granja y almacenes, y en el anfiteatro de montañas ábrese frente á nosotros, cortado por el Guadalmina, un valle de vegetación de paraíso. Yerguen las encinas sus troncos sobre la yerbosa pradera donde crecen con un orden de jardín los macizos de peonías, de espinos y laureles—floridos refugios de conejos; cantan las tórtolas y los mirlos, volando desde el ramaje á los aéreos velos que tejen por la perfumada frescura las madreselvas y las zarzas, y las yeguas pastan fraternalmente perezosas junto á las vacas y los mansos toros que se rascan en las peñas, y que ya no asustan á Rocío cuando por la siesta corren como fieras hacia el río buscando algún remanso que los libre de la mosca y del calor.