«Venus idealizada por el místico resplandor de la Concepción»—díjela una vez al encontrarla así, recordándola mi ensueño; y me repuso:—«Sí, tienes razón. A la que nos ve, es preciso que yo la diga que sé que sabe que puede verme inmaculada por la Vida entre tus brazos».—Ora, pues, ella, cuando reza, cuando rinde el corazón al recuerdo de sus padres, cuando dedica al trabajo el pensamiento y hasta cuando ama con el alma de su carne encendida en el placer: y esto último no se lo entendería más que como pecado el cura á quien óyele la misa los domingos y con quien nunca se confiesa.

¡Bella y delicadísima salvaje ganada plena por la Vida, al fin, en la rebeldía á toda traba torpe!... Viene de tanta esclavitud, que hállase encantada de poder amarlo todo confiadamente desde mí—según quería su madre; y como sus galas de muñeca están guardadas no sé dónde, sus etiquetas y falsas cortesías, alambres que forzábanla á moverse, están contados de su ser. Otras que las de bajar cancillerescamente una escalera y manejar á la moda el tenedor, las difíciles cortesías de nuestras almas. Somos del bosque, de las praderas, del jaral, como las perdices y las ciervas. Nuestros rostros se curten al dorado fuego de los vientos. Así mordemos las naranjas que rebosan su zumo en nuestros labios; así la miel nos sabe á miel y la comemos en moreno pan, á leche la leche que en las majadas bebemos en los cuernos y la vida á vida pura.

Una rabia por deshacer lo artificioso, hundiéndonos en la rusticidad de lo sencillo. Nos gusta correr, reír, tirar tiros, aspirar el olor de los establos, tendernos en la yerba. A las esencias de los pomos de cristal, preferimos la esencia de los juncos. Se sienta Rocío conmigo al pie de la ribera, en un tronco, á escuchar, con más devoción que los de Wagner, los conciertos de las ranas—porque son la música de Dios—, y cuando en el selvático antojo de sudar y de rendirnos, sin miedo al sol y espantando los lagartos, escalamos las montañas, es néctar al que se dobla de bruces nuestra sed el agua que entre helechos vierte la poceta de algún cancho á la sombra de los robles.

Solemos encontrar á un cabrero que no ha querido abandonar su chozo de los riscos, y que llámala de , y la place á Rocío reír y conversar con él perdidamente. Es tan viejo, que apenas ya puede trepar tras las cabras. El se corta las correas para sus vestimentas de pellica y se fabrica abarcas y calcetas. Nunca salió de estos contornos, ni de su edad tiene otra idea que la de haber nacido cuando «hubo un cólera muy grande».

—Pero, tío Nieves, ¿no sabe usted qué hora es, ni el año en que estamos, ni si es martes ó lunes?

—¿Pa qué, niña, cuidiaos? ¿L’has visto tú al perro relor ni candalarios, por una casual?... ¡Pus no tengo que dir á levantarlo si viene el lobo ó husma á mano qué come!...

Dichoso como el perro, recio también más que el perro, explícanos la filosofía de su existir, encerrada en pocas normas: si tiene gana, come; si tiene sueño, se tumba; cuando sale el sol, es «qu’amanece», y si siente frío échase encima la manta y será que «s’acabao la buena temporá».

Le dejamos, pensando que sobre las peñas y bajo el cielo azul dejamos una felicidad que forjó la Naturaleza, y al llegar á nuestro chalet y encontrar periódicos y revistas de Madrid, que no leemos, pero cuyos grabados nos distraen unos instantes, los lujos cortesanos de algún salón con sus hombres de frac y sus damas escotadas nos parecen un absurdo. Tan lejos de la barbarie se han ido para llegar á otra barbarie de plumas y de joyas, en busca de la felicidad, que ya no sabrían ni comprender la del cabrero.

Tal vez el término justo no consistiese en más que quitarle al uno las roñas del cuerpo y de la cara, obligándole á bañarse en agua y pensamiento, y á los otros las del alma, obligándoles á bañarse en sencillez y en inocencia.

Rocío cierra compasiva el periódico, y su compasión de ángel á las vidas y á las cosas háceme seguirla á un establo, convertido para un pobre becerrillo en hospital. Se despeñó, se rompió una pata y le curamos: yo sujeto al rebelde por el cuello; ella le lava y le aplica el algodón; pero á veces se debate, salta, lucha y acaba por tirarnos al lecho húmedo de paja... ¡No importa! Reimos, sacudiéndonos. Rocío dice que pronto podrá vencerme el pulso y cargarse un costal de trigo, como los gañanes.