¡Qué lejos!
Hundidos en las frondas, bajo la paz de los inmensos cielos, nuestra emoción es la de un apartamiento del mundo feroz de los privilegios y las castas, como si á través del planeta hubiésemos venido á dar en una selva de idílicos salvajes. Bendecimos á la España singular que en sus abruptos rincones pudo reservarnos estos campos de hermosura, no heridos jamás por el silbar de un tren, y estas gentes primitivas de zamarra y de bondad, con cuyos tormentos resignados nuestras compasiones se confunden.
Para llegar aquí tuvimos que salvar tantas cordilleras y jarales de lobos y abismos de torrentes y de pinos y de rocas, que Rocío y Leopolda comprendieron bien que veníamos á un perdido remanso de la vida, adonde las gentes de Madrid no osarían aventurarse sino en una excursión heroica como al centro de África ó al Polo. Y esto, con respecto á Laura, «mi mujer»..., fué la última tranquilidad para la amada amante que ya en el coche estrechaba también contra su seno al hijo de los dos.
La niña del mar, la novia del Majestic, la esposa de mi amor, desde el primer abrazo florecido en sus entrañas, y que, hasta la muerte unida á mí, venía de esperar en Berlín medio año el nacimiento de nuestro hijo; la amiga espiritualísima que nunca á mi desdén de las riquezas habíale oído hablar de mis riquezas..., hubo de asombrarse al saberme dueño de una finca de millones. Asombro de la ávida de espacios que hallábale el de muchas leguas á nuestra reclusión de libertad, y de la pródiga que desde la piedad de ambos vió mucho bien que compartir con infelices.
Hace un año. El silvestre edén que en otros del pasado le apercibí á la insensata que no llegó ni á visitarlo, ha sido y es para el ángel que conoce todas las ternuras porque sufrió toda la infamia. Dijérase que el huracán de lo horrible nos lanzó á estos bosques, y que sus senos de verdor nos han tragado para siempre.
Rocío parece una hechizada. Vive en perennes embelesos, tal que si el cielo y la tierra hubiéranse juntado en un limbo de inocencias donde cobran igual solemnidad sus sonrisas á una flor y los éxtasis divinos de su alma. La Naturaleza nos infiltra de castidades de tomillo y de Universo, arrancándole letanías de veneración á nuestra enorme gratitud. Dejados los templos de pudor que los hombres alzan para incensar á Dios, y ser buenos con Dios dentro de sus muros y perversos entre ellos solos al salir, hemos pasado al templo del espacio en que todo es templo de la vida y en que Dios nos mira á cada instante desde el sol, desde cada rosa, desde cada estrella, desde cada beso de luz de amor á nuestro hijo y desde cada beso de lumbre de amor á nuestro amor.
Subimos algunas tardes á las sierras, y cuando la claridad crepuscular muérese temblando por los valles al son de las esquilas de las cabras, una unción de caridad, que llega en su fervor casi al tormento, nos hace hablar de la insensatez de las ciudades, de la incomprensible torpeza de las gentes que, entre tantos odios suyos y lujurias y envidias y lujos y ambiciones, ignoran que el mayor deleite del vivir está en la honrada hambre y el honrado sueño que á nosotros nos aguarda tras los días inmensos de gozo y de trabajo, que la única gloria de la tierra es el amor y que no hay adorno para la frente de la amada como una diadema de amapolas.
En su despacho ha puesto Rocío, bajo una imagen de la Virgen, retratos de su madre y de su padre, ampliados por mí, junto al suyo y el mío y el de nuestro hijo y el de la buenísima Leopolda; y allí, como en un salto de las purezas de su hogar de Veracruz á las purezas de estas calmas, como en un olvido de haber sido la condesa de Montsalvato (olvido que la respeto sin recordárselo jamás), ella misma no sabría cuándo le reza á sus consagraciones juntas en oraciones de oración y cuándo en oraciones de trabajo. Si llego y la interrumpo y la doy un beso, la delicia de su sonrisa y de sus ojos se lo ofrecen á su madre.
«Mi madre me enseñó. Mi padre me enseñó»—díceme, ansiosa de mezclarle á mi amor los nombres de los que ya no existen, siempre que tengo que admirar la perfección con que lleva la contabilidad comercial en libros y en carpetas. Y cuando, también menajera excelente, dentro de un orden que la deja tiempo para todo, prepara junto á la cocinera platos y helados y dulces exquisitos que luego devoramos con Leopolda, vuelve á repetirle á mis sorpresas:—«¡Ah, sí, mi madre me enseñó. Leopolda me enseñó.»—Besa á Leopolda; paga mis felicitaciones de besos besándome delante de ella locamente, y mientras Leopolda sonríe nuestra dicha, yo recuerdo que Rocío se sabe amada con pureza tal que no se inquieta de que algunas mañanas entre Leopolda á nuestro cuarto á despertarnos y la vea salir del lecho al baño completamente desnuda de su sueño junto á mí.
Igual que funde á nuestra vida viva la memoria de cariños suyos sublimados por la muerte, funde sus fervores de cristiana á sus cultos de pagana en un mismo sentimiento. Por eso se ha acostumbrado á dormir desnuda, á andar divinamente impúdica de candor y de inocencia por la intimidad de nuestras estancias, y lo mismo si llora el niño salta del baño hacia la cuna de la contigua alcoba para darle de mamar, envuelta apenas por el ropón de felpa, que desnuda, arrancada de las guirnaldas de mis besos, se arrodilla en sus saludos matinales á la Virgen.