Nápoles. Marsella. Lyon. Unos trajes humildes; unos viejos documentos de Ana Leopolda (Popó, breve, y nada más, para los jueces y las gentes que dejábamos atrás), por engaño de los cuales yo debería pasar como su hija Rocío, de quince años..., y á Barcelona después, vestida de niña y pintada de rubio ángel la que, por suerte, según parece, no había perdido su aspecto infantil ni á través del calvario de lo horrible y de lo inmundo.
Ultimamente, el mar, el buque..., en donde estaba por el Destino escrito que yo hubiese de encontrar, con el amparo de respetabilidades santas que acabaron de alejar de sobre mí toda sospecha, el dilema de la redención siquiera de mi alma en un convento, ó el de la purificación de mi vida en las noblezas del Amor.
Alvaro: si tu piedad no pudiese seguir amando á tu plena enamorada amante de una noche, después de haber leído ésto, perdóname y déjame que mi alma pueda creer que Dios quiere perdonar y acoger en sus asilos á la que quiso siquiera una vez estar entre unos brazos de amor santificada.»
TERCERA PARTE
I
Buenos Aires. Madrid. Roma. Nueva York.
¡Qué lejos de vuestra confusión, de vuestro vértigo! ¡Qué lejos de vuestro lujo, de vuestra farsa, de vuestros crímenes!