Las señales de violencia encontradas por los médicos. La autopsia.

La busca del hábil criminal, que entró y partió de la casa sin dejar rastros.

Mi dolorosa postración, que no tenía que exagerarse para merecer respetos compasivos.


Salvo la contrariedad de no haber podido pasar como muerte natural la de la víctima, las cosas parecían marchar bien en los planes del bandido. Iba transcurriendo la segunda semana. Mi íntimo y nuevo horror más grande, mi idea, predominantemente fija, consistía en la repugnancia de tener que volver á entregarme á él; y tan cierta estaba de que él no hubiese de lograrlo, de que yo me moriría antes que ceder, que segura también, por otra parte, de que el fatídico ladrón deseaba, más que mi cuerpo, mi dinero, invertía los reposos que empezaban á rodearme en revisar los papeles de Guido, viendo la manera de poder ofrecerle á Wanscka, de una vez y cuanto antes, una fuerte suma, á condición de su partida. Por lo pronto, íbame librando de aquella mortal repugnancia la inquietud que le mantuvo alejado del hotel. No iba á verme sino en breves y raras visitas delante de las gentes—porque, tarde, pretendía despistar de nuestras relaciones á la policía, que vigilaba.


Cuando un periódico deslizó las primeras sospechas sobre Wanscka, insinuando «como pista digna de seguirse» mi intimidad con él—me vi perdida. Fué Wanscka á vernos y nos conminó á la fuga, sin otra dilación que un perentorio plazo para «reunir de mi capital lo más posible». Iba á ser un salto desde la ignominia á otro vacío abismo de ignominia; tuvimos que someternos: aparte las amenazas del criminal, pesaba ya en mí y en Leopolda la efectiva responsabilidad del encubrimiento.

Gracias á que él, sin delatarse, no podía personalmente emprender la negociación de mi dinero. Esto nos salvó; porque al tercer día, cuando aún faltaba otro para que lo retirásemos de un Banco, tuvimos la desgracia y la suerte, á un tiempo, de que Wanscka escapase con toda rapidez. Era que los periódicos arreciaban contra él, y que al regresar una tarde había visto rodeada de polizontes su casa de Marino. Desde la estación, con un mandadero nos envió una carta avisándonos que «nos esperaría en Trieste»; y para asegurar nuestra sumisión añadía que, si no fuésemos, ya él en salvo, le escribiría al juez participándole «que yo, su amante, había matado al conde».


No volvimos á verle. A las veinticuatro horas nuestra huída también se realizaba; pero antes aún que de Roma y del rigor de la justicia, huíamos de él y de mis públicos bochornos...; huían, dos desdichadas inocentes, de aquella funesta condesa de Montsalvato que yo había sido, y cuyo recuerdo querían por siempre borrar de su memoria como una pesadilla del infierno.