Quedé petrificada. No podría ahora ordenar siquiera mis recuerdos. Sólo sé que, sin acción para gritar, creyendo que el asesino no se habría procurado como amante las llaves de la casa más que para poder así matarnos y robarnos, un azorado terror me postró de rodillas implorándole piedad.
Y de sus palabras, secas, feroces, en tanto me agarrotaba una muñeca, dirigidas á no sé qué bárbaros reproches de imprudencia por haber ido á presenciar «lo que nadie debería haber sabido nunca», sólo también recuerdo éstas, que, luego de haberme arrastrado al cuarto de baño, aclaráronme con no menos espanto la horrorosa situación:
—Tú no has visto lo que has visto. El conde ha muerto de un ataque. Si cuando amanezca, en vez de llamar serena á los criados y en seguida al médico para que lo certifique así, me delataras, tú, mi querida... hubieras de ser la que conmigo, y por librarnos de él, le habrías asesinado.
Iba tal vez á romper de un alarido el mudo nuevo horror de lo que oía, y me tapó la boca:
—Si gritas—dijo—, los que acudan certificarán desde luego, encontrándonos aquí, que fuimos los dos los asesinos.
Demasiado complejas, demasiado terribles emociones. Medio caída en el suelo, mi estupor se recogió en el pánico de temblores que me hacía castañetear los clientes. Wanscka volvió al dormitorio á comprobar que el muerto estaba muerto; tornó para instruirme en la macabra comedia que yo debería representar, y se marchó por el sigilo de la casa.
El miedo me llevó corriendo al cuarto de Leopolda. La conté lo que pasaba, entre ahogos y sollozos, y tras no sé cuánto tiempo de congoja impúsosenos la urgencia de alguna decisión. ¿Habría salido, efectivamente, Wanscka? Como por la noche se escondió ó volvió para vigilar los efectos del veneno, habría podido esconderse para espiar mis obediencias... ¡Oh! Nuestras pobres confusiones impedíannos discernir nada de nada, y no habían sabido hacer más que encerrarnos á llaves y cerrojos... El cadáver allá, con sus ojos abiertos, en un rincón del hotel..., el asesino quizá en otro, todavía, dispuesto á asegurar el secreto de su crimen por nuestro silencio de esclavas ó por nuestro silencio de la muerte..., y yo, de todos modos, aunque á voces demandásemos socorro contra él, por él ante un Tribunal acusada de complicidad y llena de ignominia; á él ligada por una irreparable ligereza; sola en el mundo entre los odios de la familia de Guido, y abandonada á una pública opinión que volveríaseme también adversa al trascender á ella lo que de mi adulterio era sospechado por muchas gentes de Roma y de Montsalvato.
Dos infelices cobardes, en suma; dos inexpertas mujeres acorraladas en un ambiente enemigo, y que con la prisa de resolverse á algo en medio del horror y de la maldad, resolviéronse (sin otra guía que el instinto, acertado ó torpe en su angustia—lo ignoro todavía) á lo que, dentro de lo siniestro siempre, era, cuando menos, lo más fácil.
Y no me abandonaron ni hacia el martirio sombrío del crimen las abnegaciones de aquella sirviente fiel, á quien ya mi ceguedad había envuelto tanto en mis vergüenzas.
A partir de aquí, la premisa divulgó abrumadoramente los detalles.