En otras ocasiones parecidas, aunque no tan inicuamente brutales, mi desesperación, resuelta en lágrimas, me había dejado fuerzas para irme á buscar á Popó ó á rezar ante la Virgen; pero en aquélla quedé desamparada del mundo y de los cielos..., y miré á Wanscka con el infernal rencor impávido de la inmediata venganza que al frío de fuego de mi ser le brindaba su misma repulsión...
Se me acercaba, y no le rechacé. Se inclinó á besarme, y bajo su contacto duro y huesoso de diablo cerráronse mis ojos y sonreía mi boca de maldita. Sin una palabra suya, sin una palabra mía, en la plena insensibilidad de mi indecencia, era ya su poseída de mármol cuando el automóvil no habría corrido cien metros fuera de las verjas...
Hecho lo hecho.
Hecho lo que ya no me era posible deshacer cuando recobré la sensación de la conciencia.
Lloré mucho.
Mi locura no me había permitido pensar que, desde las tiranías de un insensato, atada de pies y manos iba á parar, además, á la servidumbre de un bandido.
Le confesé mi vergüenza á Popó, y las dos lloramos juntas. En vano habría intentado negarme á Wanscka nuevamente. Dueño de mi terror, quedaba dueño de mi asustada voluntad y dueño de la casa. Lejos de guardar reservas, como no fuese respecto á Bianca y mi marido, dejó traslucir nuestra situación á los criados por el descaro con que á cualquier hora entraba en mis habitaciones á instalarse junto á mí, y á las gentes de fuera haciéndome pasear á caballo y sola con él por todas partes. Esta sumisa y triste obediencia mía para el profesor de equitación y de estética, encantaba á Guido, que poníala en cuentas de la eficacia del bofetón, á no dudar. Y tanto le agradaba verme, al fin, dulce y complaciente con él, con Wanscka, con la «tita» Bianca, con las actrices y poetas y periodistas de los almuerzos (ante las miradas de los cuales los ojos del tétrico Jacobo ejercían delatoras vigilancias de dominio sobre mí), que él propio tornó á desearle mi cuerpo á sus desenfrenadas caricias ciertas noches—aquellas de las series de tres ó cuatro días que recluíanle en Montsalvato, á reponerse, la extenuación de sus orgías por Roma en ausencias de semanas.
A los dos meses de semejante vida, Wanscka resolvió, sin dejar, claro, mis «lecciones», y pretextándole á Guido que había encontrado otras que le empezaban á permitir la independencia, trasladarse á residir en Marino, pequeño pueblo á un kilómetro en la carretera del hotel. Ni á mí se tomó el trabajo de fingirme otro motivo cualquiera de tal resolución. Amo despótico siempre, convencido de que yo, á pesar de todo, le aborrecía, me hablaba poco, me saqueaba de cuanto dinero podía entregarle, rufianescamente renegado de que, «siendo mío, la usurpación de Guido me impidiese mayor prodigalidad», y sabía que para nada podría contar jamás conmigo á no ser por el espanto. La idea de suprimir á Guido de juntó á la pusilánime á quien por el solo secreto de su honra de mujer hubiese impunemente de explotar á plena libertad, debió de sugerirle el crimen; y el objeto de aquella previa é inexplicable separación, no era otro—según revelaron pronto los sucesos—que prepararse una coartada.
Una enfermedad del desdichado Guido precipitó la ocasión. Vuelto un día desde sus crápulas con una hemiplejía que le paralizaba el lado izquierdo, bajo la asistencia médica y sus propias cobardes aprensiones quedó recluído en Montsalvato. Bianca y yo le asistíamos; su madre y sus hermanas iban á verle con frecuencia; y Wanscka, solícito, vigilaba sus medicamentos y le formaba la tertulia hasta última hora de la noche. Habituado á los narcóticos, no lograba conciliar el sueño más que con inyecciones de morfina; y como él no podía valerse, Wanscka se las ponía también, antes de partir. En la noche terrible, sólo me extrañó un poco la atenta lentitud con que detrás del enfermo apercibía Wanscka la inyección, y el afán que mostró de hacer constar ante los criados su salida de la casa..., de la cual, por lo demás, él hallábase provisto de llaves para llegar furtivamente junto á mí.
La alcoba de mi marido hallábase apartada de la mía por el cuarto de baño. Serían las tres de la madrugada. Me despertó un lúgubre quejido y un rumor sordo de lucha. Salté de la cama, acudí al dormitorio de Guido... (¡me horroriza la evocación!), y vi á Wanscka aferrado á su garganta...; sorprendido y vuelto á mí, ya sus manos no soltaban más que el cuerpo de un cadáver con la cara descompuesta.