Le impacientaba la prisa por Bianca. La faz fulgurábale de ira.
—¿Cómo, en su estrecha intimidad?—hubo de decirme.
—El come y cena conmigo—traté de suavizar humildemente—; está solo conmigo por las tardes; anda á todas horas por todas partes á su antojo..., y, ya ves, Guido, los criados, las gentes, tratándose de un hombre que no es de la familia y á quien apenas conocemos, acabarían pensando mal.
Nos hallábamos de pie, lejos el uno del otro; yo con la mirada en el suelo; mi marido cerca de la puerta, trémulo de rabia, crispados los puños. Se me acercó.
—Mira, Cesárea; porque tú ames la vida de ignorancia y soledad idiota, que me ha apartado de ti, ó... por lo que sea, te propones estorbar todos mis proyectos: un día me llamas ladrón y obligas á que no pueda volver una dama á nuestra mesa; otro, me inculpas de abandono, pretendes señalarme líneas de conducta y quieres expulsar á quien yo he acogido bajo el honor de mi palabra... Y esto no puede ser; y esto puede ser menos, todavía, cuando en nombre de una virtud más que sospechosa, á fuerza de miedo y terquedad, me amenazas con el temor de que en opinión de las gentes peligre mi respetabilidad porque alojo en mi casa á un caballero.
Le ahogaba la soberbia. Viendo que no lograría convencerle de otro modo, fuí á descubrirle el proceder de Wanscka, en lo referente á mí, cuando menos—y no me dió lugar.
—Pues bien—continuó—; no lo olvides nunca: de la mujer del conde de Montsalvato, ni los criados ni nadie por nada del mundo debe poder sospechar eso que dices..., ¡ni tú misma, aun siendo la villana estúpida que eres!...
Me descargó un tremendo bofetón que me hizo caer vacilante en la otomana, y partió.
Y apenas rodó en el jardín el automóvil, entró Wanscka.
Yo no estaba llorando. Tendida como una mujer de hielo, únicamente tenía la mano en el dolor del ultraje de mi cara y los ojos secamente abiertos.