Sólo que incapaces de cualquier orden, de cualquier esfuerzo sostenido, antes de concluír una semana me abandonaron al extraño profesor. Claro está que yo asimismo le abandoné á él, y que quedaron interrumpidas las lecciones. No le vi por unos días más que en la mesa, donde hice concurrir á Ana Leopolda. Guido volvió. Se enteró. Se incomodó mucho. Contra las razones que le aduje sobre mi poca gana de paseos, y, principalmente, sola por los campos con un desconocido, contestó «que aquel desconocido tenía cien veces más decoro que yo misma»; que «aquel desconocido hallábase al amparo del honor del dueño de ella en nuestra casa», y «que aquel desconocido, además, un hidalgo en el fondo, en la apariencia era un maestro de equitación, un serviciario, una suerte de lacayo con el cual cualquiera dama que supiese serlo no tendría en hacerse acompañar á caballo más reparo que si lleváselo en el pescante de su coche»... A título de ejemplo «de buen tono», para vencer «mis vulgares suspicacias», me recordó las jóvenes elegantes amazonas que habíamos visto en el bosque de Bolonia acompañadas por un groom; y, en suma, no saldría á caballo, ya que no tenía yo gana de salir; pero, dispuesto á que no le dejase en ridículo, exigíame la continuación de las lecciones literarias, aunque no estuviese él, sin la onerosa vigilancia de Popó en la sala ni en la mesa.
¡Ah, bien! Era Wanscka un hombre «con cien veces más decoro que yo misma». Las lecciones siguieron. Perspicaz el profesor para saber más del mundo que no de artes ni de letras, y pronto habiendo podido hacerse cargo de la desairada situación mía (en modo alguno necesitada de grandes perspicacias) con respecto á Bianca y muchas más, sus lecciones consistieron en lecturas y torpes glosas de novelas y de libros, como Afrodita, como El Satiricón, como otros de la biblioteca frívola de Guido, de los que, luego de hacerme oír pasajes escabrosos ó francamente indecorosos, tomaba pie para filosofar de grosero modo acerca de las «licencias de la antigua Grecia»; cuando al verme cerrar los ojos de asco y de dolor pensaba el miserable que mi emoción érale propicia, iba poco á poco acercándoseme, acercándoseme, acosándome—hasta que yo me levantaba y me marchaba gravemente.
No podía quejarme á mi marido. Indelicado y tosco el brutal aventurero para intentar siquiera «mi conquista» de otro modo, yo me resignaba á volver, á escucharle con desprecio y en silencio, á insinuarle alguna vez la conveniencia de cambiarle el giro á sus palabras y á encerrarme á llave por las noches. Todo menos delatarle su conducta á Guido, que hubiésela achacado á recelos de «mis vulgares suspicacias», ó tal vez, antes aun que dudar del «hombre de decoros», á provocaciones ó abandonos de la que sólo fiara en su virtud con guardas de presencia.
Quince días después, parecidos á quince siglos, había cambiado mucho el aspecto de las cosas. Cuando Bianca y Guido no estaban con nosotros, Jacobo Wanscka vagaba siniestramente por la casa, como un tigre. Dos noches seguidas le había sentido llegar á la cerrada puerta de mi habitación, y la segunda se atrevió á llamar. No me dí por entendida. Sin embargo, á la tarde siguiente, durante «la lección», comprendiendo por mi mayor desprecio que le hubiese oído, osó querer buscarme la disculpa en una dolida declaración de la «noble pasión que le mataba por la mártir á quien agraviaba todo el mundo»... Le interrumpí, indicándole que se debía marchar de Montsalvato; no hubo desde entonces más lecciones, y pérfidamente reducido él á la condición de un esclavo que me extremase los respetos, otra tarde fué á avisarme que Guido, en la biblioteca, me esperaba.
Creí que Wanscka hubiese resuelto partir, evitando así nuestra absurda situación, y que Guido me llamase para facilitarle cualquier cosa indispensable... Al ir á entrar en la biblioteca, sin ruido por la alfombra, desde la entreabertura de las cortinas del despacho vi á la tita Bianca sentada en un sofá, leyendo un libro, con una pierna alzada al respaldo de una silla de enfrente, que la desordenaba las ropas hasta el muslo, y al «sobrino» tendido de espaldas y con la cabeza en el regazo de ella... No quise turbarlos, ¿á qué?...; la indignación contra las canallas intenciones de Wanscka, principalmente, hízome alejarme, renunciando á una escena tan ingrata como inútil... Pero debía pasar de un repugnante asombro á otro, y Wanscka, que me espera en la sombra de un rincón, saltó á mí y me besó, aprisionada entre el hierro de sus brazos. Pude huirle, por último..., y le escupí.
Al poco rato sonaba bajo mi balcón el automóvil. Bianca y Guido iban á salir. Le llamé á él, y, despreocupada de su conducta ante la del otro miserable que afectábame aún más personal é inminentemente, mi primer ímpetu fué confesarle todo para que no pudiese vacilar; sino que temí embrollar la cuestión suscitando los enojos del que á su vez resultaría acusado y provocando un escándalo complejo por demás, en que todos estaríamos contra todos, y por simplificar, en mis vivas ansias de calma, opté por la prudencia.
—Guido—supliqué—; creo que no debe permanecer más tiempo tu amigo en nuestra casa.
—¿Por qué?
—Porque ni yo necesito sus lecciones, ni, faltando tú tanto tiempo de ella y siéndote fácil socorrerle en una fonda, es correcto que me obligues á su estrecha intimidad.