Guido fué á Méjico á recoger la no pequeña herencia.

Y pasaron, pasaron los meses. Ya sin padre, y dándome lo mismo continuar en Montsalvato que en otro lugar de las soledades del mundo, vi con la impavidez de una estúpida que mi marido reincidía en las disipaciones que hubieran de lanzarme definitivamente en la miseria. Vuelto junto á mí, y adquirido otro automóvil y dos caballos, en que inútilmente intentó que, como en París, le acompañase á pasear (sin duda, le componía en «buen tono» mi figura), partía con el suyo en busca de Bianca, y juntos tornaban muchas mañanas para cumplimentar, entre los renovados lujos del hotel, los «intelectuales» almuerzos ofrecidos con más fausto á los artistas, á los bohemios extranjeros, á los poetas, á los sabios.

Me forzaba á presenciarlos, con mi lúgubre mudez. Lo demás del tiempo pasábalo con Popó en la triste paz de mis estancias—en tanto que unas veces Guido desaparecía por varios días de Montsalvato, buscado desoladamente por la tita, y otras, prescindiendo también de mí y de mi dolor, ella lograba monopolizarle, y ambos tocaban el piano en el salón ó refugiábanse á leer en la profunda biblioteca.

Pero sobre la índole del afecto de los dos, y acerca de la condición de los comensales de los almuerzos, empecé á recibir acusaciones concluyentes. Anónimos, inicuos como cuanto me rodeaba en el ambiente de asfixiadora iniquidad, sin duda escritos por cualquiera de aquellos sabios y poetas que en la mesa me miraban con ansiosos disimulos. Delatándome los amores de Guido con las aparatosísimas artistas, ó llamándome «inocente y tonta», que ignoraba lo que toda Roma sabía de Guido y Bianca, públicos amantes desde largos años, me citaban á tal hora de tal noche y en tal sitio para sorprenderlos y «vengarnos» luego en la misma moneda de traición.

Leía estos anónimos, los rompía con igual sardónico desdén hacia sus autores que hacia las artistas y Bianca y Guido..., y solamente cuando otra directísima acusación llegó á herirme en otro santo sentimiento más vivo que los celos, me resolví á dejar mi indiferencia: una de las «artistas», en un almuerzo, bien porque á su desaprensión nada le importase ó porque desconociese el origen de lo que, regalo de Guido, lucía ante mis propios ojos, llevaba una pulsera de esmalte negro y de brillantes que había sido de mi madre.

A mi dura queja, cuando estuvimos solos, confirmada por la falta de la pulsera en el joyero, Guido trató cortés, primeramente, de hacerme pensar que estaría engañada, que habría perdido la mía y que pudiese otra parecérsele..., y, al fin, montando en cóleras de gran señor, como un bofetón ó un salivazo me echó por cara «la plebeyez mía tan ruin que le creyera en su misma casa, ladrón de baratijas despreciables...»

Me limité á guardar mejor mis reliquias de recuerdo, y llorando, llorando con Leopolda, volvimos largamente á meditar proyectos de separación que nunca maduró nuestra ignorancia de cómo ni á nombre de quién tendría Guido situado mi dinero. La idea de ser yo la que revolviese como una ladrona en sus papeles, ó de provocarle con tal objeto á una previa explicación, me repugnaba.

Un día apareció con un extranjero, «noble conspirador reclamado por la policía de su país», y á quien Guido bajo palabra de honor había prometido secreto amparo en nuestra casa. Era Jacobo Wanscka. Alto, tétrico, moreno, de negras barbas, de unos cuarenta y cinco años; hablaba poco y cifraba su distinción en rendir á cada instante profundas reverencias. Iba sin un cuarto y vestido desastrosamente, y tras de alojarle en una buena habitación, Guido le facilitó ropas suyas y le sentó á la mesa con nosotros. No sé de qué ni dónde le hubiera conocido; pero tanto él como Bianca, admiradores de lo artístico y genial dondequiera que lo hallasen, otorgáronle pronto un respeto de adoraciones al que, diciéndose químico eminente, inventor y ex profesor de ampliación de estudios sociales en Budapest, no era quizá sino un profesional de la aventura que, como cuantos viven al azar, sabía un poco de todo, y mal que bien había ejercido distinta profesión en cada parte. Así «por sus ideas liberadoras forzado perpetuamente al destierro y al incógnito, había tenido que ser maestro de lenguas en Rusia, barítono de ópera en Hong-Kong y maestro de equitación y de esgrima en Río Janeiro».

No sólo Bianca y Guido se extasiaban oyéndole hablar sentenciosamente de filosofía y de sus viajes por el mundo, sino hasta dijérase que copiaban la seca majestad de su voz y de sus gestos. Especie de rey gitano caído en la desgracia, «que soportaba dignamente».

Tan dignamente—en opinión de Guido—que éste discurrió dignificarle la estancia en Montsalvato con un sueldo, á pretexto de que me perfeccionase á mí en la equitación y me instruyese en arte y filosofía. «No se le podía dar á aquel hombre dinero para sus necesidades como á un mendigo; yo, por otra parte, estaría harto necesitada de completar mi social educación». De nada sirvieron mis protestas. Y como la desocupada vida de la tita y el sobrino apasionábase por todo lo mentecato, Bianca llevó otros dos potros de sus cuadras, y los cuatro comenzamos una serie de paseos campestres en que, al menos, se le respetó á mi luto la voluntad de no exhibirme en Roma. Por las mañanas, pues, á caballo; por las tardes, una hora de lección de estética, á la que también concurrían atentísimos los dos—y que me hizo pensar si, con disculpa mía, la hubiesen dispuesto realmente para ellos.