«Íntimamente»... Y ¿cómo sabía Bianca lo que Guido fuese «íntimamente»? Quizá por experiencia conocería tan bien sus intimidades, que, al escucharla, yo le había visto retratado en su miserable proceder conmigo propia. No cabían más engaños para mi candor después de aquellas revelaciones, y comprendí espantosamente claro y de una vez: Guido era un fracasado negociador del matrimonio de honores y riquezas que habría constituído su obsesión, y que al precio de su libertad, ya inútil, y con la compensación siquiera de mis cien mil duros, pagó el cuerpo de la plebeya que no habría de otra manera podido obtener un nuevo capricho de su vicio. Saciado de mí en los brutos treinta días de Nueva York, desde que llegamos á Roma y á los absurdos orgullos de su madre, yo quedaba reducida á una estúpida intrusa que le había otorgado sus favores y á quien el gran señor habría incluso de despedir si no necesitase mi dinero.

Fluctuando como nunca entre las dudas de que Bianca fuese solamente una tita cariñosa que querría guiarle y le pensara dejar su capital, ó una antigua amante que en el otoño de la pasión y con tal de no perderlo le pasaba todo al vicioso incorregible, volvimos á nuestra casa—donde Guido organizó unos «artísticos» almuerzos, por él llamados «intelectuales», y presididos por Bianca, en honor de yo no sé qué bohemia laya de tiples de ópera, de pintores extranjeros y de jóvenes poetas y sabios, que, á mi juicio, se burlaban disimuladamente de las pedanterías de los dos..., no sin devorarme á mí, de paso, con los ojos.

De sus dos ó tres viajes á Roma, mi padre se llevó la ilusión de una ventura mía tanto más fácil de mentir, aun en su presencia, cuanto más amable y digno parecía seguir siempre mi marido con su correcta educación.

Al año y medio, estábamos arruinados; ó lo que es igual, Guido había dilapidado hasta el último céntimo de mi dote. Tuvo que vender el coche, el automóvil, los lujos de la Vía Nazionale; y con un par de sirvientes, tal que á una querida que se asila porque no muera de hambre y de abandono, me recluyó en la campestre Villa Montsalvato, situada en el tranvía de Grottaferrata, no lejos de Frascati, á una hora de Roma. Aunque él se instaló conmigo, vivía realmente en la ciudad, y cada vez más de tarde en tarde iba á verme y á llevarme algún dinero. Hacíame escuchar terribles cosas de «mi plebeyez», de «mi pobreza», de «la oportunidad de que me volviese á mi país, ya que él, no pudiendo con su trabajo sostenerme, no debía tampoco imponerle á su madre que me recogiese de limosna»... Y en una de aquellas ocasiones me dejó tan desesperada y locamente ansiosa de volver junto á mi padre, que, porque éste no demorase ni un momento el llegar á recogerme, le escribí una larga carta contándole todo mi calvario.

La respuesta fué un cablegrama anunciándome que había caído enfermo, y que hasta que él, pronto, pudiera emprender la travesía, enviábame á Popó. Un augurio me hizo comprender horrorizada que la impresión de mi carta habría herido gravemente al enfermo del corazón...—y, en efecto, cuatro días después, firmado por un dependiente, pues que ya, Ana Leopolda hallábase en el mar, otro cablegrama avísame su muerte.

¡¡Su muerte!!... No quisieron creerlo mis ojos de loca, que negábanse á llorar.

¡Yo le había matado!


Llegó Leopolda.