«—¿Qué te parece, nenita?»—consultábame á cada cosa el que, rendido de la tarea, no necesitaba ya del cloral al acostarse; y yo, que, experta en números, me hallaba inquieta por las enormes discordancias de tales gastos y mi humilde capital, callábaselas, y, aun mejor, le animaba en todo, contentísima de un derroche que á tiempo, y como Guido mismo, podría enmendarse.

Desgraciadamente, la invasión de cocineras y criados, de la madre y las hermanas otra vez, de Bianca de nuevo, volvió á precipitarle en su mezquina realidad. No portaba por las oficinas de su padre; prescindía de mí como de una necia incapaz de entender las «cultas conversaciones» entabladas con su tita y los demás, y después de los teatros me dejaba en casa y desaparecía con el auto, para regresar de madrugada, borracho, y despertarme raras veces al horror de sus caricias.—Una tarde, ¡oh, el altivo, que trataba á puntapiés á los sirvientes!, le sorprendí besando á una doncella; echada de la casa tras el natural disgusto en que él, no pudiendo disculparse, casi me injurió..., pocas tardes después Bianca y yo le encontramos por el Corso, en un coche, con ella, vestida á pleno lujo.

Y todo esto en cuestión de tres ó cuatro meses, completándome la revelación de aquel hombre, lo mismo que sin transiciones al salir de Veracruz hubo de comenzar á mostrarme sus cambios sorprendentes, increíbles...; y de todo esto tan triste, yo no le contaba nada al pobre padre mío, que creía en la dicha que seguían fingiéndole mis cartas, y al cual, de otra manera, hubiesen abrumado los remordimientos del afán con que me indujo á semejante matrimonio.

Guido, por lo demás, indiferente á la mudez sombría en que yo encerraba mi dolor, ansioso de lucirme con él algunas veces, y no negado nunca al «buen tono» de sus extremos corteses, continuaba abriendo las puertas ante mí y dándome cancillerescamente el brazo al subir ó bajar las escaleras.


Acompañados de la tita Bianca, emprendimos un viaje al llegar la primavera. Niza, la primer etapa. Fué una fatigosísima peregrinación de ciudad en ciudad, de sitio en sitio, durante la cual yo quedé bajo la protección de ambos como una niña tonta. Me hallaba encinta, y, sin consideraciones á mi estado, el afán insaciable de los dos hacía cuanto las guías les señalaban de notable, hacíame seguirles de teatro en teatro y de museo en museo, ó, en mulo, á lo mejor, á los picos de los Alpes. Sus charlas (entre ellos ó con cualesquiera que encontrábamos), eran de lo más vacío que cabe imaginar, no obstante sus pretensiones de elegancia y trascendencia. En efecto, de mi marido, que á primera vista impresionaba como un hombre culto porque hablaba de lo humano y lo divino, yo sabía ya que toda la ilustración reducíase á su voraz lectura de periódicos y revistas extranjeras; y los dos, en punto á arte y á historia, no hacían sino repetir las vulgaridades del Bœdecker: el estilo de tal arco ó de tal templo, el origen de tal histórico castillo, las bellezas de tal plaza, las tales estatuas y tales cuadros y óperas de Fidias, del Greco, de Wagner... Repetían y glosaban lo mismo tantas veces, alternándolo con largas disquisiciones sobre automóviles y perros y caballos, que yo tenía que escucharles en silencio sin acertar á ponerme á tono con tanta necedad. En cambio, eso sí, él me reprendía correcto sobre el modo mío poco distinguido de tomar el cuchillo, el tenedor, y ella de cuando en cuando y compasivamente me dirigía preguntas en varios idiomas para que yo las contestase y no me juzgaran las gentes idiota por completo.

Así y todo persistía siendo la de Bianca la única afabildad con que contaban mis tristezas; y en París, donde nos estacionamos algún tiempo, multiplicando la vida de actividad al acudir á todas partes, ella fué mi socorro en un trance que me puso á punto de morir. A las fatigas del largo recorrido por Suiza y por Bélgica, uniéronse las propias de la gran capital; y «por buen tono», siempre por «buen tono», aumentándolas, discurrió Guido que yo aprendiese equitación, á fin de que elegantemente recorriésemos los tres á caballo el Bosque de Bolonia. Tres mañanas en un picadero, tres mañanas en el Bosque, yo junto á ellos como improvisada amazona, trotando, galopando..., y, á la cuarta, el lecho del hotel y el grave aborto de la pobre destrozada. Los dos primeros días Guido y Bianca me cuidaron, compitiendo en atenciones; pero desde el tercero él no se resignó al augurio del doctor acerca de que no podría levantarme en muchos más, y lanzóse á los encantos de París, dejando á la tita á mi cuidado.

¿Qué dolor parecido al mío sintió Bianca ante el abandono del que llegó á faltar noches enteras?... No lo sé; pero me veía llorar, y so pretexto de que mi inocencia perdonara, como ella, muchas cosas que de otro modo encontraría siempre incomprensibles, se puso á revelarme el carácter de él, deducido de su vida de soltero, y la inmunda historia de su madre. Más aun que por la escasez de fortuna—á decir de Bianca—, la familia de Guido hallábase distanciada de la alta sociedad por la discreción con que el marqués de Scoppa hubo de recogerse en el aislamiento con su mujer, antigua cómica á quien habían hecho célebre su desvergüenza y su hermosura, querida de todo el que la quiso y la pagó, y con la cual, al serlo suya últimamente, retirada á un campestre palacete en Montsalvato, fué teniendo hijos—cuyo amor, al cabo de los años, impulsó á casarse al más que generoso. Improvisada marquesa, la ex cómica, sintió á la vez la invasión de los orgullos de una parvenue y las iras de sus frustradas ambiciones en el borde mismo de la vida de grandeza; quedó, pues, como una especie de rabiosa loba presa en un cepo aristocrático; y si el caritativo marqués supo evitarla el ludibrio social entre las gentes de su clase, no supo impedir que los odios secos de la bestia á todo, á todo lo del mundo, hacia lo de arriba porque no podía llegar, hacia lo de abajo porque recordábala demasiado crudamente su indecencia, transmitiérase á los hijos en la incongruente educación que les fué formando con las finas y nobles maneras del padre y los instintos de rencor y las toscas insensibilidades de la madre.

Guido (el predilecto de ella) resultaba su más lamentable víctima. Cifrados en el niño gentil y luego en el joven arrogante sus ensueños de desquite, el padre encaminábale al estudio y el trabajo—tanto menos eficazmente cuanto más la madre imbuíale ideas de señorío, entregábale dinero para que honrase su rango, en lo posible, y, tras de hacerle conferir uno de los familiares títulos, acariciaba el pensamiento de casarle con cualquier dama linajuda.

Espoleado Guido en tan inversas direcciones, habría ido cumpliendo su forzoso papel de negociante de peor gana que su papel de aristócrata de fuste; habríase mantenido en las ambiguas elegancias de una vida de disipación, que le ofreció más aventuras al hombre guapo que novias princesas al conde sin dinero, y, «buenísimo en el fondo—según Bianca—, había venido últimamente á dar en una suerte de demencia lujuriosa que hacíale desear ávido toda clase de mujeres y conocer todos los vicios».