Pero las consideraciones infantiles, las fraternales sonrisas y las tiernas delicadezas del hombre de veintiséis años á la niña de poco más de diez y ocho, cambiaban radicalmente su cariz en cuanto nos recogíamos al hotel. Guido bebía éter, me lo hacía beber á mí, y me obligaba á fumar cigarros turcos, igual que me había obligado á tomar con él cloral por las mañanas á fin de calmar las extenuaciones de las noches con unas horas de narcótico descanso. Noches tremendas, horriblemente intensas de placer brutal, y de las cuales no olvidaré nunca el estupor de mis candores. Esposa demasiado inocente para poder juzgar en el mundo de nuevas impresiones á que se me había lanzado de improviso, un instinto de mi carne estremecida gritábame el ultraje á cada extraña caricia de Guido, presintiendo en ellas la locura. Mas era mi marido, era el hombre de inflexibles dignidades que me adoraba y no querría manchar á su mujer de perversión, y la protesta de mi alma, cuando agotada y muerta recobrábala en las hondas vergüenzas de mí misma, desvanecíaseme á la consideración de que todo aquello debería de ser la íntima realidad del matrimonio.

Guido me ofrecía cloral, volvía á ser el espiritualísimo hermano que se levantaba á llevarme la cofia y la camisa porque no me molestase enfriándome los pies, que sacaba de la alcoba las flores que pudieran darme dolores de cabeza, que ahuecábame la almohada, que me contaba otro cuento de inocencias al dormirnos á la luz del alba que filtraban los balcones...; y despiertos de nuestro forzado sueño á las pocas horas, ó tornábame al agudo infierno abrasador de sus caricias, para tratar de pedirle luego á la morfina y al cloral nuevos letargos, ó nos levantábamos y nos íbamos en un coche á reponer nuestra pálida fatiga por las frondas de los parques...

En Roma, la familia de Guido, excepción hecha del marqués, me recibió con fría curiosidad. Dijérase que esperaban en mí á una salvaje cubierta de plumas de avestruz. Como si lo fuese, al menos, se me vigilaba en la mesa y se me presentaba á las visitas temiendo que cometiese inconveniencias. Se nos alojó en un departamento de la vetusta casa solariega, más que de abundancias de dinero surtida de coronas y de escudos, y yo me moría de pena entre los secos orgullos de tal gente, entre los viejos muebles de caoba y bajo los apolillados artesones. Aunque sabía por mi padre que el marqués de Scoppa no disponía apenas de otras rentas que las de su trabajo, lo cual habíale constituído feliz augurio á la hija del trabajador infatigable..., los desprecios de mi marido á las magnificencias de Nueva York me habían llevado á imaginar, ciertamente, una Roma mejor que aquella Roma y un palacio mejor que su palacio.

Nueve hermanos. Él, el primogénito. Mi suegra y mis cuñadas, las dos mayores, celosas de la impresión que yo causaba, celosas de cualquier alhaja que llevaba á los teatros, celosas de «mis mejicanas riquezas» que humillaban su económica estrechez..., trocáronme en franco menosprecio la tolerancia hostil cuando Guido hubo de declararlas que no ascendía la dote de mi madre, precisamente, al fabuloso caudal de un Moctezuma. La india, según oí que de unas á otras me llamaban, perdió sus últimos prestigios. No hubiesen perdonado mi plebeyez sin una lluvia de oro que, redimiendo á Guido, volviéselas á ellas también más ó menos directa y desagradecidamente á la opulencia.

Sin embargo, Guido se apresuró á comprar un automóvil, y aprovechándolo les fué á las vanidosas posible desentenderse un poco de la servil estimación que, por lucirse en el de ella, rendíanle á una encopetada pariente (prima del marqués), llamada Bianca, marquesa de San Bassano. Blanca les constituía el único nexo con el mundo aristocrático que les cerraba la falta de fortuna. Alta, cínica, separada del marido, y de una gentileza no mal conservada en sus cuarenta años, gozaba de enorme libertad y de una intimidad en nuestra casa, especialmente con Guido, que me chocó—aunque él me la explicaba por el afecto que debiérala como á una tita discretísima, como á una especie de segunda madre cuyo consejo le guió desde pequeño. Aparecía á cualquier hora de la mañana ó de la tarde, y se instalaba con nosotros ó nos llevaba á conferencias y conciertos.

Simpática, empezó por mirarme recelosa y acabó por cultivar mis simpatías. De ella era la única asidua afabilidad que íbame restando en aquel ambiente donde el bondadoso y triste marqués de Scoppa no permanecía sino lo preciso á las horas de comer, y en el cual hasta mi marido retirábame las suyas según absorbíaselas su madre, según se las consagraba á la extraña tita que para leer ó conversar de arte y de ciencias rodaba con él por los rincones.

A cada encubierto desaire, á cada grosería de mi suegra, tan torpe que me lo juzgaba á mí lo necesario para no advertírselas, sólo Bianca, ó el noble marqués, si hallábase presente, suplicábanme indulgencia á miradas de piedad; mas como Guido no encontraba siquiera un gesto de reproche para la burla que en presencia suya me inferían, yo me recogía á mi cuarto, á llorar..., y sólo podía ser mayor mi desconsuelo cuando él, al fin, iba de raro modo á consolarme.—«¡Discúlpala! ¡Discúlpala! ¡Me quiere tanto mi madre!»... Pasábame la mano por los hombros, con la lástima que pudiese merecerle un perro castigado, y yo lloraba más..., lloraba más al sentirle partir á pretexto de que esperaba Bianca en el salón...; y yo hube de llorar aún muchísimo más una vez en que, ampliando su franqueza, quiso, sin duda, arrancarme más sinceros los perdones: tras nuevas protestas del fanático cariño de su madre, me declaró que «habíala disgustado nuestra boda, porque rompió su ilusión de casarle con alguna alcurniada millonaria».

¡Ah, sí, inicuos procederes y consuelos espantosos de gentes sin corazón, que ahondaban hora tras hora la sima en que me veía caída sin remedio!

Confié en la posibilidad de corregir á Guido á fuerza de ternura, así que nos viésemos libres del influjo de su casa; tomamos la nuestra en un hermoso edificio de la Vía Nazionale, y en verdad que durante los preparativos de la instalación creí que hubiera ido á realizarse mi esperanza.

En muchos días no se me apartó, consagrados ambos á recorrer tiendas de muebles y tapices, dedicados después á ordenarlos en estancias y salones, y bellamente absortos, por último, en completar los adornos con tal esplendidez, según él lo quería, que la envidia hizo desertar á su madre y sus hermanas ante aquel lujo claro y moderno. Junto al garage del automóvil, una cochera recibió un landó con buen tronco de caballos.